Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Capital de Al-Ándalus

17 de enero 2011 - 01:00

SEVILLA fue capital administrativa de Al-Ándalus durante el imperio almohade. Y aquí se puede decir que empieza su lugar destacado entre las ciudades de la Península. Los almohades, un pueblo de origen bereber, habían creado un imperio en el norte de África en el siglo XII, relegando a otras tribus. Su fanatismo religioso y su belicismo hizo que derrotaran a los restos de los reinos de taifas y los fueran incorporando a su imperio, que en su máxima expansión dominó todo el Magreb y la mitad sur de la península. Su entrada en Sevilla el 17 de enero de 1147 marca el principio de una de nuestras épocas más esplendorosas. Tanto desde el punto de vista de vida ciudadana, como por importancia administrativa y desde luego como por el número de grandes obras y edificios realizados, a la altura de una verdadera capital.

Sólo la relación de las obras y edificios que ejecutaron los almohades en Sevilla da muestra de la importancia histórica del periodo y evita comentarios más o menos eruditos. El puente de barcas que une la ciudad con Triana. La Torre del Oro, hito defensivo del puerto fluvial. La traída de aguas, conocida como los Caños de Carmona. La fantástica arquería en el Patio del Yeso del Alcázar. Y el palacio de la Buhayra, tal como lo describe Rafael Manzano, donde se desarrolla un programa de residencial real y de jardín botánico, rodeando una generosa alberca. El rigor religioso no impedía el refinamiento propio de su cultura. Dice el cronista: …se plantaron olivos, árboles, viñas y frutales exóticos de todas las especies más dulces y extraordinarias… Se encargó a las gentes más entendidas del Aljarafe que arrancasen raíces seleccionadas de olivos de diferentes clases y se llevasen a la Albufera para plantarse. Una recreación del paraíso en la tierra, pues no otra cosa es un jardín musulmán, tanto el más modesto patio como en este caso, la Huerta del Rey.

Pero sobre todas las obras destaca la gran mezquita aljama de la que nos queda el Patio de los Naranjos, con la Puerta del Perdón y sus fabulosos llamadores. Y el gran alminar, conocido como la Giralda. Símbolo de la ciudad para siempre. Alminar hermano de la Kutubiya de Marrakech, capital magrebí almohade y de la inacabada torre de Hassan en Rabat. Tres testimonios singulares de las ciudades hegemónicas de los almohades. De los almohades nos viene el gusto por la labor de ladrillo visto, por los paños de sebka, motivos decorativos que decoran las fachadas, por los interiores encalados, la marquetería y la cerámica vidriada de motivos geométricos. Esa es la ciudad que encuentran los castellanos a su entrada. No es de extrañar que durante años dominara en Sevilla el gusto por el mudéjar. Una arquitectura, unos artesanos, una ciudad.

Cuando estamos sentados en un banco de ladrillo con cerámica vidriada frente a una alberca, a la sombra de una pérgola de pilares cuadrados de ladrillo que sostienen una parra, los evocamos a ellos. Igual que cuando veo a algunas de las gentes que conozco del Aljarafe disfrutar al comer dátiles maduros y masa frita con miel.

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