Corcuera o corcuese

11 de mayo 2011 - 01:00

HACE 18 años que el sindicalista José Luis Corcuera dejó de ser ministro del Interior, pero se ha apuntado al club de los ministros de Usted No Sabe Con Quién Está Hablando. Su irrepestuosa forma de tratar a agentes del orden público junto a la Feria, precisamente él, que debería haber interiorizado el aprecio a los policías y el celo en el cumplimiento de la norma, retratan a un personaje con mal estilo que encarna la degeneración intelectual del felipismo.

La mejor estrategia para pasar de incógnito en la Feria es no llamar la atención y meterse en la bulla como si tal cosa. Así han estado en el reino de los farolillos algún año que otro personajes que forman revuelos si son identificados: estrellas de Hollywood, modelos famosas, dignatarios nacionales e internacionales, banqueros de pro, políticos con escolta, y no se ha enterado casi nadie, aun teniéndolos muy cerca. Es el anonimato en la muchedumbre. Recuerdo un mediodía de hace veinte años en el que, en una caseta, tenía de pie al lado a Enrique Barón cuando era presidente del Parlamento Europeo.

Lo que intentó Corcuera o corcuese el pasado viernes a la hora de más complicación circulatoria, con el real lleno de gente, la que aún está llegando después de comer fuera para ahorrarse la clavada, la que comienza a irse a la corrida de toros y el paseo de caballistas y enganches en su momento fuerte, sólo se le ocurre a quien no ha digerido bien el retorno a la sociedad después de sentirse un mandamás de chupa dómine. Es la soberbia de quien desconoce lo dignidad que comporta volver a ser nada más y nada menos que un ciudadano.

Si Corcuera o corcuese no sabe gestionar su singularidad para coordinar su integración en un entorno tan complicado como las calles de Los Remedios repletas de coches en hora punta, lo mejor es que vaya a la Feria a las doce de la mañana y entre con el coche hasta la mismísima Caseta Municipal, o aparque cerca del Prado y acuda en el autobús lanzadera como tantos votantes, o se quede en su casa y con su pan se lo coma. La ciudad no ha de ponerse a su servicio.

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