La ciudad y los días

carlos / colón

Dar facilidades a la basura

CON qué facilidad se extiende lo malo, cutre, superficial, bobo, hortera… Y qué fatiguitas cuesta que lo haga lo bueno, inteligente, creativo, reflexivo... Tantas, y con tan pobres resultados, que hace mucho tiempo que se abandonaron aquellos esfuerzos democratizadores que, como la Barraca de Lorca o los conciertos obreros de Casals, pretendían ofrecer la alta cultura a todos superando barreras sociales, económicas y educativas. Lo mejor que la literatura, el arte, la música o el cine ha producido se ha divulgado con dificultad y sigue siendo a fecha de hoy placer de minorías, contradiciendo la antigua convicción que ligaba bienestar y acceso al conocimiento; mientras que lo peor se ha extendido y se extiende tan rápidamente, y con tanto éxito, que apenas requiere esfuerzo su difusión. Lo triste es que todo va a peor. Nunca la cultura basura ha tenido tan magníficos escaparates y tan eficaces difusores como ahora.

Busquen en cualquier canal televisivo, público o privado, una película en blanco y negro o una obra de autor. Fuera del canal Paramount de vez en cuando, en 13 alguna vez, en TCM con cierta frecuencia o en la revisión del cine español que está haciendo La 2 de TVE, no las encontrarán. Busquen conciertos, obras de teatro, documentales de divulgación cultural, histórica o científica, programas serios de análisis político que no reduzcan la controversia a telebasura… Y no encontrarán casi ninguno. En este desierto la responsabilidad de los medios públicos (cuyos altísimos costes sufragan los ciudadanos con sus impuestos) en la democratización de la cultura es tan grande como su culpa por no hacerlo.

Mi generación descubrió a Chejov, a Ibsen, a Pirandello o a Ionesco a través del Estudio Uno de TVE y el jazz a través de los extraordinarios programas radiofónicos del gran y recordado Ángel Álvarez en RNE y la Ser. Millones de espectadores descubrieron el Concierto para mandolina en Do mayor de Vivaldi gracias a El niño salvaje, el Concierto nº 21 para piano y orquesta de Mozart gracias a Elvira Madigan, a Mahler gracias a Muerte en Venecia, a Ligeti gracias a 2001: una odisea del espacio o el Trío nº 2 op. 100 de Schubert gracias a Barry Lyndon... A los pedantes, que por lo visto habían nacido como Atenea de la cabeza de Zeus, adultos y sabios, esto les molestaba. Una forma de clasismo como otra cualquiera. Porque divulgar la cultura es democratizarla.

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