De poco un todo

Enrique García-Máiquez

Hacerse el muerto (viviente)

NADIE pasa más miedo en Halloween que los que nos negamos a celebrarlo. Este año me ofrecen un cartel que, bajo la foto de una calabaza tachada, reza: "Éste es un hogar español y católico. Ni truco ni trato. ¡Que os den por saco!". No me decido a colgarlo en la puerta. Lo del saco me parece, además de poco católico, sacar las cosas de quicio.

Pero tampoco quiero prestarme a este evento consuetudinario traído aquí por los pelos del paganismo, dicen, dándose pisto, pero más bien del otro lado del charco. Aprovechando la ocasión, que pintan calva, como las calaveras, decido hacerme el muerto. Para que parezca que mi casa está vacía, desolada, maldita, aparco el coche lejos, entro de puntillas cuando nadie mira, no enciendo las luces, bajo las persianas, apago la televisión (donde sólo ponen películas del Halloween) y mi mujer y yo nos encerramos en nuestro cuarto a leer bajo las sábanas con una linterna la leyenda de El monte de las ánimas de Bécquer y el Don Juan de Zorrilla.

Enseguida empieza a sonar el timbre de la casa. Suena. Suena como si fuese la trompeta del Juicio Final. "Psss", musito a mi mujer, llevándome un dedo gótico a los labios marmóreos. El teléfono también suena. Será algún amigo ajeno al Halloween, pero si cojo delataría la presencia de vida en esta casa asediada por hordas de pequeños cadáveres dispuestos a fundirme el timbre. ¿No se cansan o es que se rebelan, las criaturitas?

La perra aúlla. La pálida luz de una luna aterrorizada se cuela por la ventana, atisbando si es verdad que no hay nadie. ¡Si hasta hemos engañado a la luna, me desespero, cómo no podemos aburrir a estos niños y preadolescentes! A ver si el disfraz de brujas va a ser algo más. Porque, ¿qué bola mágica les ha dicho que estamos aquí? Ring. Riing. Riiing. Riiiing.

¿Qué habría hecho Bécquer en mis circunstancias? En casa hay bebés. Si los despierta el timbre sí que vamos a tener una noche de zombis de veras. Pero ahora no sé si tengo caramelos para calmar a las bestias y, como no quiero mostrarme antes de tiempo, por si no los tengo, los busco a oscuras y agachado por la cocina, caramelos o lo que sea. Encuentro una bolsa (abierta) de kikos y otra de cereales con chocolate. Rendido, desesperado, lívido, corro hacia la puerta a ver si llego antes de que me descalabren el timbre o me desvelen a los niños. Abro jadeante, de golpe, y descubro un puñado de ojos desorbitados que gritan: "Ahhh" y salen corriendo con el rabo (algunos van disfrazados de diablos) entre las piernas. Yo les grito: "Trato, traaaaato, tratooooo", pero ellos nada: "Ahhh". Y al fin hubo silencio (sepulcral).

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