Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Hernando Colón y las gradas

14 de julio 2014 - 01:00

CAMINAMOS de la plaza de San Francisco a la calle Alemanes. La calle de Hernando Colón se recorre con facilidad, entretenida la vista en la magnífica Puerta del Perdón de la Catedral de Sevilla. Prácticamente pasamos por el eje de las antiguas edificaciones de la Alcaicería de la Seda. Uno de los más notables edificios de la Sevilla islámica por su actividad económica y por su principal colocación frente a la puerta mencionada de la Mezquita mayor de la ciudad. Con el esplendor de la ciudad en los siglos XIV y XV, la Alcaicería se convirtió en lugar donde se comerciaba con seda, paños, brocados, coral, esmalte, piedras preciosas, plata, perlas, según nos cuenta Alonso Morgado. Como tantas otras cosas de Sevilla, esta rica Alcaicería fue decayendo a lo largo del siglo XVII y posteriores. Hoy podemos observar algunos callejones y adarves tanto a derecha como a izquierda, algunos de ellos prácticamente deglutidos por las edificaciones actuales.

Pues bien, pasada la antigua Alcaicería, al llegar al cruce de calle Alemanes aparece ante nosotros en su esplendor el paño de cerramiento del Patio de los Naranjos. Y a todo lo largo del muro estaban las Gradas, que fueron un importante lugar de contratación de mano de obra de la ciudad, por su situación frente a la rica Alcaicería y cerca del Arenal y el Puerto. Gradas de nuestra literatura picaresca y cervantina, que para los niños como yo quedaban claramente explicadas en los escalones de ladrillo a sardinel que allí estaban. Digo estaban, porque después de la reciente intervención han desaparecido y su lugar lo ocupan taludes, como si alguien quisiera que ya nunca más se sentara allí persona alguna. No discuto los aspectos históricos y científicos de la actuación, pero habrá que corregir los libros de toponimia sevillana. Porque si en verdad eran así, no hubo calle de las antiguas gradas, sino de los antiguos taludes. Bien está. Menos mal que la toponimia es tozuda y gradas son escalones para sentarse. Algunos visitantes expresarán su estupor, como unos arquitectos mexicanos que acompañé no hace mucho por la calle Alemanes y me miraban sorprendidos cuando les hablaba de nuestros Rinconete y Cortadillo y de las gradas.

Al final del muro, en el extremo más cercano al Palacio Arzobispal, está desde hace años la Biblioteca Colombina. La que fundó y engrandeció hasta tener más de 15.000 volúmenes Hernando Colón, a partir de la que dejó su padre el almirante Cristóbal Colón. Hernando Colón fue un hombre de su tiempo. Personaje de gran relevancia, viajero, culto, humanista, visitó y trató a las grandes figuras de su tiempo. Experto en cartografía y cosmografía, realizó importantes trabajos para la corona española. Y de gran vinculación a nuestra ciudad, aunque para algunos no sea más que el nombre de una calle. En estos días de mediados de julio, es bueno recordarlo porque se cumplen años de su muerte en nuestra ciudad, el 15 de este mes del año 1539. Hernando Colón y su biblioteca, la Alcaicería de la Seda y las Gradas. Algunas cosas se mantienen, otras desaparecen y otras las quitamos.

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