Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Itálica no es un péplum

En otro lugar el diamante en bruto de Itálica ya habría sido pulido y tallado y gestionado convenientemente

Nos acostumbramos a convivir con situaciones que se enquistan y las terminamos haciendo propias a pesar de que sabemos que no debiera ser así, inmunes al más mínimo cambio y reacios a cualquier evolución. Así es algo y así será por y para siempre, nos decimos desde nuestra molicie e instalados en el error de que el estado de muchas cosas (nuestras) requieren, por su delicadeza y su fragilidad, por su exposición a la intemperie y a la acción más cenutria del hombre, de un tratamiento urgente, de un mantenimiento y unos cuidados precisos, constantes, especiales; incluso exquisitos.

Serían los hermanos de La Salle los que me descubrieron Itálica. Como tantas otras verdades que no podían quedarse en fotos y otras ilustraciones de los libros de Historia. Esas piedras estaban en un lugar y había que ir a él y verlo con nuestros ojos y pisarlo con nuestros pies. Y lo mismo ocurrió con la Alhambra, y también con la Mezquita, y también con las ruinas de Baelo Claudia. Sí, eran los tiempos, ya saben, de "Qué buenos son los hermanos lasalianos, qué buenos son que nos llevan de excursión".

Pero dejemos aparte la broma nostálgica de los canturreos escolares entonados con el natural -y sí, cariñoso- cachondeo de la edad y a lo que vamos. En otra ciudad, en otra provincia, en otra región, en otro país, sospecho que el diamante en bruto de Itálica ya habría sido pulido y tallado hace tiempo y su explotación gestionada convenientemente. El legado de quienes nos precedieron a pocas cuadras de donde ahora vivimos, la herencia de quienes no sólo poblaron mucho antes que nosotros estas tierras sino que lo hicieron abonando el sustrato cultural que conformaría lo que hoy somos merece mucha más consideración y respeto, debería ser objeto de veneración. Pero aún a día de hoy puede oirse dicho sin rubor que es una frivolidad invertir en cultura. Como si fuera algo caprichoso, o superfluo, un gasto suntuario. O peor, hay políticos convencidos -que encima intentan extender ese convencimiento- de que se trata de algo que aporta muy poco, por no decir nada, al capacho de votos, que a fin de cuentas es lo único que les interesa. Y así es como la función civilizadora de la política desaparece.

¿Cuántos niños saben hoy quién fue Adriano? Pues muchos lo saben: fue un futbolista que jugó en el Sevilla. Y hay muchos padres que se enorgullecen, con una emoción que les dilata peligrosamente la carótida, bastante más por este conocimiento de su hijo que por el otro. Ojo que algunos llevarían corriendo al niño al psiquiatra a que mirara a ese bicho raro que tienen en casa hablando de un emperador romano. Ya con la medicación y bien enfundado arrastrarán al niño al estadio. Vale, de acuerdo, pero un domingo que el equipo juegue fuera podían llevarlo a Itálica.

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