DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Mañana del Libro

MAÑANA es el Día Internacional del Libro y para celebrarlo he tenido una pesadilla. Dante, en medio del camino de su vida, está perdido en una selva oscura, que simboliza un tremendo atolladero moral. Encima, le cortan el paso una loba famélica, un elástico leopardo y un león imponente, representando, por si el hombre no tuviera ya bastante, un vicio cada uno. En la Divina Comedia, aparece entonces Virgilio, su escritor favorito, que, guiándole a través de los hondos infiernos, lo salva. En mi pesadilla, a Dante Alighieri se le aparecen Antonio Gala, Paulo Coelho, Dan Brown, Suso del Toro, Emilio Calatayud y un centón más de autores de éxito. "Con éstos, para qué necesito infierno…", grita desesperado el florentino y, en un movimiento pánico, se arroja a las fauces de la loba que, para cuando acaba de dar cuenta de él, no está tan famélica.

Qué sueño tan raro. Por fortuna, antes de despertar, cerca del alba, por la puerta dorada, ha venido el profeta Daniel a interpretarlo. En el llamado Día del Libro se celebra el día del negocio editorial, y no importa tanto la literatura, que es calidad, como el mercado, que es cantidad. Se nos invita a consumir lo que sea, cuánto más fácil mejor, sin que preocupe si luego se lee o no (parece que sólo alrededor del 10% de los libros que se compran son efectivamente leídos) y todavía menos el provecho que se saque de esa lectura hipotética.

Nada amenaza tanto el futuro del libro como las campañas de animación a la lectura, empeñadas en vendérnosla como una alternativa de ocio, en plan súper guay o rollo molón. Pero si incluso a mí, que soy una rata de biblioteca, se me ocurren actividades más amenas que leer hasta quemarme las cejas, imaginen a los jóvenes. Ni el placer de leer, que con tanto ardor he defendido siempre siguiendo a Jorge Luis Borges, oh capitán, mi capitán, puede convertirse en el único motivo. A veces leemos libros amargos o arduos y sufrimos o nos esforzamos. Eso sí, lo hacemos con gusto, o, para ser más exactos, con un tipo muy complejo de placer que Aristóteles llamó catarsis.

Digan lo que digan con los ojos en blanco las campañas de animación a la lectura, estamos ante una actividad de alto riesgo, como avisan el Quijote, sobre todo, y Hamlet, y el Qohélet. El mejor marketing sería advertir de su peligro hermoso, de su trascendencia. Leer es, en el fondo, una peliaguda cuestión de vida o muerte. Como enseña Dante, se trata de salvarse. Que cuando estemos en una u otra selva oscura (¡y hay tantas!), quien aparezca por allí sea uno de los buenos, ofreciendo palabras luminosas, como Virgilio, y no cualquiera.

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