Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
Si hay razones para sostener que el ensimismamiento sevillano no es un tópico, ni un prejuicio, ni una andanada de rivalidades territoriales, sino una realidad característica, acaso ayude a atemperarlo pensar en que Sevilla no siempre existió. Evidencia meridiana, claro está, pero oportuna ante la importancia de manifestar lo obvio. Y si los más fervientes paisanos argumentan que, en su origen, Sevilla precedió, desde tiempos inmemoriales, a Hispalis, quizá una fuerte marejada del Mioceno baste para rendir a quienes no conciben la existencia sin que, entre los más ancestrales pedregales del mundo, no tuviera Sevilla asiento y fuera morada acogedora. Dicho sea sin el resbalón de los presentadores del programa de Univisión El Gordo y la Flaca, que aprovecharon su estancia en Sevilla, con motivo de los premios Grammy, para una emisión en directo, trufada asimismo de prejuicios y tópicos. Ya se sabe: la indolencia perezosa, la fiesta continua, la siesta holgazana, aunque lo dijeran a su modo, con antecedentes poco recomendables de ese programa, y hayan pretendido rectificarlo con explicaciones propias del “Donde dije digo…”, cambiando el sentido de lo afirmado mediante las corregidas interpretaciones del “digodieguismo”. Pero no estábamos en estas granujerías de presentadores poco juiciosos y sobrepasados, sino en el rendido encumbramiento sevillano. No se demore más decirlo: esta Sevilla de nuestros desvelos era un abismo oceánico cuando los megalodones atacaban a grupos de ballenas, desde las profundidades marinas, con un impulso mayúsculo que les llevaba a salir algunos metros del agua. Tan descomunales depredadores podían alcanzar los veinte metros de longitud y no faltaban en el que todavía no era imaginable valle del Guadalquivir. Vivieron unos veinte millones de años, desde el Mioceno, hasta extinguirse, poco más o menos hace tres millones de años –cómo no redondear–, ya en el Plioceno. Ingentes dientes fosilizados han sido hallados en Bollullos de la Mitación, Burguillos, El Saucejo, Osuna o Marchena. Así como un cráneo fósil de una ballena de siete millones de años, cedido temporalmente, por el Ayuntamiento de Burguillos, al Museo de Geología de la Universidad de Sevilla (MUGUS), que presenta fracturas e incisiones propias del ataque de un megalodón.
Podrá aceptarse, en fin, la licencia de empadronar tan enormes depredadores como megalodones sevillanos, cuando la Tierra todavía estaba por hacer y, con sus estirones, repartía cordilleras y movía las aguas de los océanos y los mares. Razón de los fósiles marinos en el valle del Guadalquivir, donde los megalodones saltaban unos metros fuera del agua, acaso para dar con las luces que, allende el tiempo, habrían de alumbrar las entonces abismales lindes de la Sevilla inimaginable.
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