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Antonio Montero Alcaide

Mujer demoníaca e infernal

María de Padilla, de virtudes meritorias, fue convertida en una mujer demoníaca e infernal

28 de diciembre 2023 - 01:00

El sacerdote, poeta y anticuario utrerano Rodrigo Caro (1537-1647), en el sexto de los diálogos reunidos en su obra Días geniales o lúdricos, concluida sobre 1626, al ocuparse de los juegos infantiles, alude a María de Padilla, la concubina que convivió casi diez años con Pedro I y fue proclamada por este reina, después de morir, pues escribe que, en toda Sevilla y su comarca, ven los muchachos a doña María subida en un coche de caballos, que arde en llamas infernales, o acompañada del Diablo Cojuelo. Por tanto, un personaje histórico como María de Padilla, que murió en 1361, con unos veinticinco años de edad, no ha dado solo argumentos y materia a la historiografía, sino asimismo a variaciones del relato histórico que entroncan con la propaganda, la magia y el maleficio. Particularmente, doña María se vio afectada por su concubinato con Pedro I, rey que abandonó a Blanca de Borbón, pocos días después de celebrada la boda real, para regresar con María de Padilla, con quien estaba desde un año antes y de la que ya tenía una hija.

Un estudio sobre las figuras de mujer en la propaganda política y social de la Edad Media hispana incluye a María de Padilla, que fue, más que cualquier otra mujer, la figura femenina más denostada y claro objeto de la propaganda antipetrista. Así, aunque sus virtudes y méritos fueron ensalzados por historiadores de siglos cercanos a su tiempo, los efectos de la instrumentalización propagandística la convierten en una mujer diabólica que, pasado el tiempo, se convertirá en una diablesa seductora y terrible.

El historiador y coleccionista sevillano Diego Ortiz de Zúñiga (1633-1680) escribió que Pedro I quedó hechizado por María de Padilla, “a fuerza de sus gracias”, pero no de “infames artes, como es error del vulgo”, aleccionado por la circulación de los romances. Doña María, por tanto, aparece en las tergiversaciones del romancero como maestra en malas artes de hechicería y hacedora de filtros a tal fin. Incluso se la tiene como reina de los gitanos, que llegaron a España el primer tercio del siglo XV. Difundida su naturaleza y condición mágica, figura además como entidad representativa de una religión brasileña, de origen africano, a la que se invocaba en señalados conjuros. En este caso, María de Padilla se asimila a una reina carioca de la magia –título de sobra alternativo al de reina de Castilla, tras su muerte–, por lo que nada menos que Isabel la Católica, tataranieta de doña María, descendería, por mor del fabulado encuentro entre la realidad y la ficción, de una mujer demoniaca e infernal. Presupuesto bastante más sugerente que real, aunque los falseados relatos históricos cumplieran su propósito y los romances difundiesen argumentos a propósito para la manipulación. Razones sobradas a fin de dar alguna cuenta de ellas, por desconocidas y no poco atractivas.

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