Oportunidad

Sevilla debe, en tiempos de pandemia, aquilatar el turismo con otras industrias y preservando la idiosincrasia

Crisis significa cambio. Por más que en el ideario actual tenga un sesgo primordialmente negativo. No es para menos: la última crisis, la Gran Recesión, dejó muchas muescas. De esas que te marcan para toda la vida. Vivimos ya instalados en una nueva crisis, que al menos este año será sinónimo de recesión en lo puramente económico. Pero es una crisis fiel a la etimología: nos trae grandes cambios, sobre todo de comportamiento, pero también en muchos más ámbitos de nuestra sociedad. Hurtada la primavera, con todo lo que significa eso en Sevilla, estamos adaptándonos a esta nueva realidad, que por cierto tiene poco de normalidad. La imagen de las calles llenas de personas embozadas con mascarilla se contrapone a la que teníamos de esa medida sanitaria: turistas, en su mayoría asiáticos, que se la ponían aun con temperaturas que superan la corporal. Justamente es parte de lo que aún nos falta: turistas. Las fronteras internacionales acaban de abrirse, pero no debemos esperar ninguna avalancha. El fenómeno turístico es bueno en sí mismo. Incluso el democratizado de la era low cost. Lo es porque genera riqueza y empleo en una tierra en la que andamos cortos. Denostar a la industria turística porque genere empleos de baja cualificación es un error. Incluso atacarla porque tenga un peso relativo alto en la economía local no es acertado. En las circunstancias en las que nos ha puesto la pandemia, aquí no sobra ni un jornal. Otra cosa que es que sería sano que se balanceara ese peso relativo. Pero para lograrlo no hay que atacar al sector por ser un monocultivo, sino crear industrias de otro tipo. Emprender, en una palabra, tan manoseada por cierto desde la política. Andalucía necesita más industria. El propio impacto que el turismo ha sufrido con el encierro vivido nos señala que nuestra región aguanta algo mejor porque tiene industria agroalimentaria, si la comparamos con los archipiélagos. Andalucía, y Sevilla en particular, vive por tanto en estos tiempos de pandemia la oportunidad de aquilatar el turismo, en dos sentidos. Apostando en primer lugar por complementar su oferta con otras que generen empleos, mejor si son cualificados, y eso nos lleva a un paradigma: la tecnología. Sevilla forma buenos matemáticos, físicos o ingenieros. Ofrecemos una calidad de vida muy atractiva para instalarse aquí. Falta capital, y mejor si es privado, para crear un ecosistema capilarizado de empresas de raíz tecnológica. En segundo lugar, da la ocasión de actuar para que el turismo, que regresará paulatinamente, no sea el problema que desvirtúe el propio atractivo que hacía que las calles se llenasen de maletas con ruedas aptas para la cabina del avión. Perder la idiosincrasia hasta la casi clonación va en contra del propio negocio turístico. Necesitamos ciudades con centros habitados. Con vida real. Tan singular como para ser digna de ser conocida y visitada.

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