Relatos de verano

Carmen Camacho

Ora pro nobis

La mayoría de ficciones prenden en la imaginación a partir de un hecho real, de algún dato que, de pronto, nos provoca un tremendo asombro. Cuando era muy pequeña, escuché una conversación de mis mayores. Una talla de la Virgen a la que se había llevado a restaurar había sido pasto de la carcoma. Aquel dato causó en mí una profunda impresión. Aquel horror debía tener algún motivo terrible y mágico, pensé. Elaboré mis propias especulaciones, y las compartí con mi madre. La explicación que di a aquel hecho la dejó pensativa. He aquí el germen de este cuento.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

"Viva la Virgen de Sombra, que en nuestro pueblo tiene su altar, y vive y reina triunfante en Cristo!". "¡Oración que sube al cielo pasa por tu camarín!". "¡Viva la Virgen de Sombra! ¡Viva su Santísimo Hijo!". "¡Viva!".

Campanas al vuelo, cohetes, vítores, la banda municipal, juncia y romero, para despedir aquella mañana a Nuestra Señora, que con igual gloria ocupa el trono de Reina de los Cielos y de Alcaldesa Perpetua de aquel pueblo devorado por el sol.

La cuota extraordinaria, la rifa del cuadro, la venta de medallas a inmigrantes, el cepillo de la misa, lo que cada cual pudiera poner de su jornal de sudor, los ahorros de toda la vida de alguna temerosa de Dios y un par de donaciones -anónimas- de parte de los dos únicos empresarios de la localidad: todo este dinero haría posible posible el milagro. Por fin Nuestra Señora de Sombra iba a ser restaurada. Y no en un taller cualquiera, sino en el Laboratorio de Imaginería Forense del prestigioso profesor Niceto Suárez, catedrático emérito de la Facultad de Bellas Artes y colaborador honorífico en la Academia de San Fernando. Por lo visto, le iban a hacer hasta un TAC. Benedicta tu in mulieribus.

Como la mayoría de las tallas, esta no era una escultura completa. A la minuciosidad de la cara y las manos se contraponían el tarugo de nogal y el armazón de varas que conformaba el resto. Tampoco tenía pelo, pues el rostrillo y el manto brocado le cubría la cabeza coronada. Bajo el vestido llevaba la camisa que ahora, durante la restauración, se le iba a quitar por vez primera, pues ni la camarera mayor se atrevía a tocarla. Cuenta la leyenda -que además está recogida en el Libro de los Milagros y Secretos de Nuestra Señora de Sombra- que un malvado sacristán, tentado por la profanación, quiso ver los senos de la Virgen y, sólo con imaginarlos, quedó ciego de manera fulminante antes de desabrochar ni un solo botón. Aunque resuelta con gracia, el valor de la imagen era módico en lo artístico, pero incalculable en lo emocional para aquellos desterrados y polvorientos hijos de Eva.

A Ella acudían a diario viejas enlutadas, mujeres de su casa, hombres del campo sediento, el alcalde, los escasos burócratas del municipio, fieles de todos los gremios, los comunistas, niños píos, el tonto del pueblo, el señor marqués, el cronista, las del puticlub y los estudiantes venidos de la ciudad, que antes incluso de llegar a su casa materna acudían primero a la ermita para postrarse ante la Señora. Ad te clamamus.

Mas estaba escrito en el Libro de los Milagros y Secretos, y así cada una de las mujeres y cada uno de los hombres del pueblo lo cumplía con observancia extrema: a la Virgen de Sombra sólo se le podía pedir por los demás, jamás para uno mismo. Esta peculiaridad la hacía única en el orbe cristiano. Los ruegos y plegarias que se alzaran hasta ella debían estar dirigidos siempre, sin excepción, a que la Señora intercediera por las cosechas, la salud o los amores del prójimo, jamás por los propios. Aun con esta restricción, a pesar de que los devotos nada podían implorar para sí mismos, la capilla rebosaba durante todo el año de velas prendidas, agua lustral, rosarios perennes, flores a porfía. A la novena y la romería que se celebraban en su nombre acudían por cientos peregrinos de toda aquella comarca de tierra resquebrajada por la sed. O clemens, o pia.

Sobre la mesa central del laboratorio de restauración, bajo la atenta mirada del profesor Suárez y su equipo, yacía la Virgen sin vestido, corona ni manto. La imagen presentaba abundante suciedad de viejos barnices y residuos de humo y polvo. En la mano derecha, gastada por los constantes besamanos, podían observarse varias y pequeñas caídas de color. La peana presentaba algunas gotas de pintura. Lo más preocupante parecía la fisura que desde la barbilla bajaba hacia el torso de la talla. Uno de los técnicos procedió a abrir la camisa para examinar la parte oculta, aquella negada a los ojos por la antigua leyenda del sacristán avieso. En esta ocasión, ninguno de los presentes perdió ni una sola dioptría.

Bajo la tela hallaron una grieta abierta y el torso de la Virgen radicalmente horadado. Temieron tocarlo. Daba la impresión de que, con sólo rozarla, la madera se reduciría a polvo. O peor: la estructura se mantendría en pie al estar compuesta ya solo de un nido compacto e infesto de carcomas. En el pecho había además unas hendiduras que en un principio parecían provocadas por los inevitables alfilerazos de las camaristas al vestir la talla. "Me temo que no es eso", negó con la cabeza el profesor. La historiadora del equipo señaló que tal vez aquellos huecos pudieran ser fragmentos de metralla de la guerra. "Negativo", dijo el profesor, que en varias ocasiones había reparado estatuas fusiladas. Tal vez fueran nudos saltados del nogal. "Tampoco". Hubo un silencio.No era la primera vez que el catedrático contemplaba en una imagen sacra una lesión de aquellas características. "Pero entonces, profesor… ¿qué demonios es esto?", preguntó espantada por aquella visión su mejor alumna de tesis.

El catedrático tomó aliento y, con los ojos humedecidos de angustia, dio el diagnóstico.

-Está podrida. La han gangrenado de plegarias que desean el mal ajeno.

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