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Cuchillo sin filo

Francisco Correal

fcorreal@diariodesevilla.es

Oscurantismo

Nuestros hijos se creerán el discurso maniqueo que salir de la Transición fue hacerlo de una oscura Edad Media

El lamento, la quejumbre, el agravio, la suspicacia. Es el pan nuestro de cada día. Manuel Longares escribió una bellísima novela titulada Romanticismo. Ahora, un nuevo Leviatán cursi y quejica ha encargado a una legión de bardos que escriban la gran crónica del tiempo pasado del que nos quieren redimir. Su título tendría el mismo número de sílabas que la novela de Longares. Oscurantismo. No es la memoria histórica, ese rebuzno intelectual que se contradice en sus términos, sino una memoria de la vida cotidiana en la que hay páramos que nunca contaminó la ideología ni el sectarismo. Pones ahora el telediario y parece una película de Costa-Gavras, un ajuste de cuentas con un pasado que por lo visto era un puro sinvivir. Yo hice, perdonadme, el servicio militar y conocí la máquina de escribir y los coches con matrículas de provincias. Con los parámetros actuales, vivíamos inmersos sin ser conscientes de ello en un terror subyacente en el que por lo visto la felicidad, la serenidad eran quimeras inalcanzables. Ese oscurantismo es pura ficción, debería saberlo bien el presidente del Gobierno que visitó en Lanzarote la casa de un maestro de ficciones, un caballero andante de la literatura al que descubrió en sus libros de caballerías una Dulcinea periodista que le hizo el cerco de Lisboa hasta encontrarlo.

La política se ha convertido en una variante espuria del realismo mágico. Los Consejos de Ministros y las comparecencias posteriores deberían estudiarse en las cátedras de Literatura. La ficción desdice muchas veces a la realidad, la sublima, en ese sentido estos próceres se merecen el Nadal, el Planeta y hasta el Cervantes. Quieren transformar el presente, algo muy loable para un político pensando en quienes lo sufren, pero para ellos no necesitaban modificar el pasado, reescribirlo, reinventarlo.

No fueron tiempos oscuros, pero han contratado a un centenar de Goyas para oscurecerlos. Y a nuestros hijos les pasará como a nosotros con las guerras púnicas: no las vivieron y se creerán a pie juntillas el discurso maniqueo de aquella Transición que nos la quieren vender como la nueva Edad Media de un viejo Huizinga que precedió a la enésima caída de Constantinopla que abrió la luz del progreso y la dichosa transparencia.

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