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Acción de gracias

Pan blanco

"Si hay amor", dice un poema de Eduardo Jordá, "nuestra muerte se avergüenza de venir a buscarnos"

En uno de los pasajes más emocionantes que contiene De profundis, la larga y dolorosa carta que Oscar Wilde escribió desde la prisión de Reading al que fuera su amante, el caprichoso e ingrato Lord Alfred Douglas, Bossie, el autor celebra el pan blanco que ha empezado a tomar "en vez del áspero pan negro del régimen carcelario", y compara ese "auténtico manjar" con el afecto que uno recibe de los otros. "Cuando termino cada alimento me como una por una las migajas que sobran en mi plato. Y no lo hago por hambre, lo hago simplemente a fin de que no se desperdicie nada de lo que me dan. Así deberíamos estimar el amor". Conmueve ver al dramaturgo expansivo, deslenguado y genial que Wilde había sido años antes transformado en ese hombre espiritual y austero que desbroza la maraña de sus sentimientos y viaja del rencor a la compasión, de la derrota a una tímida esperanza.

Hace unos meses, unos amigos, Dani y Vicente, me pidieron que escribiera para su boda un texto sobre el amor. Cuando me hicieron el encargo pensé en esa emocionante cita de Wilde, y también en que San Pablo ya lo había dicho todo al respecto: que puedes hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles que si no tienes amor no eres nada. Aquella ceremonia estaba programada para mayo y con la pandemia tuvo que aplazarse, y con ello también se postergó la responsabilidad de aquellas líneas en las que yo debía estar a la altura de una pareja maravillosa y de un concepto tan sublime como escurridizo a la hora de ser descrito. "¿Quién puede definir qué es el amor?", se preguntaba Eduardo Jordá en el soberbio poema En la boda de unos amigos, en el que el autor respondía con lucidez: "Si hay amor, nuestra muerte se avergüenza / de venir a buscarnos. (...) Si hay amor (...) es cierta la belleza".

Este año amargo en el que estuvimos confinados, en el que aún no debemos dar besos ni abrazos, en el que la distancia y la frialdad se han impuesto al calor y al contacto, nos ha recordado con cierta aspereza la importancia de la comunidad; de cada miga de pan blanco, cada muestra de afecto, que nos regalan. Ojalá salgamos de esta experiencia -algunos comportamientos extremos nos llevan a dudarlo, pero escuchemos a nuestro interior y no oigamos tan sólo el ruido- con la grandeza y la dignidad con que lo hizo Wilde: con el corazón ensanchado, sin miedo de admitir que nos completamos con los otros, sabiendo que ante el afecto -el amor de los hermanos, de los amigos o de la pareja, también el amor y respeto a uno mismo- palidece la mismísima muerte.

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