la tribuna

Juan José Asenjo Pelegrina

Perdonar, amar y servir

ARDIENTEMENTE he deseado celebrar esta Pascua con vosotros antes de padecer". Estas palabras del evangelista san Lucas contienen los sentimientos más íntimos del Señor en el Jueves Santo. Jesús sabe que ha llegado su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre. Pero, antes, desea despedirse de sus discípulos celebrando con ellos la Cena Pascual. Veinte siglos después, en esta noche santa, nosotros daremos también cumplimiento a este deseo del Señor. Él quiere también hoy celebrarla con nosotros. Como la comunidad apostólica, seremos protagonistas emocionados de este encuentro, en el que tienen su inicio algunos de los más decisivos misterios de nuestra fe y en el que el Señor nos hace tres regalos magníficos, que prolongan su presencia entre nosotros: la Eucaristía, nuestros hermanos y los sacerdotes.

En la noche de Jueves Santo el Señor instituye la Eucaristía. La Iglesia no ha salido aún de su asombro, ni lo podrá hacer jamás, al contemplar el misterio eucarístico. Sabe que nunca podrá narrar con palabras ajustadas la grandeza del amor de Cristo que se nos entrega en el sacramento de su cuerpo y de su sangre. La lengua humana ha tratado durante veinte siglos de cantar el misterio de la preciosa sangre y del precioso cuerpo, aunque siempre ha reconocido con humildad que sólo son balbuceos de gratitud y reconocimiento.

En este día de Jueves Santo recordamos la institución de este sacramento admirable, centro y culmen de la vida cristiana, sacramento de la presencia amorosa de Dios en el mundo. En él nos encontramos con Jesús, vivo, glorioso, resucitado, presente entre nosotros de manera real, verdadera y sustancial. En él cumple su promesa de no dejarnos huérfanos, de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. En él se hace nuestro eterno contemporáneo, se nos hace cercano, amigo y compañero de camino. La liturgia de esta tarde subraya esta presencia, colocando al final de la Misa el pan consagrado en el Monumento. Acudamos esta noche a visitarlo, acompañarlo y adorarlo. No nos cansemos nunca de pasar largas horas ante esta presencia profundamente dinámica y bienhechora, pues desde el tabernáculo el Señor nos atrae para hacernos suyos, nos fortalece, diviniza y abre nuestra vida a una perspectiva de eternidad. ¡Cuánto consuelo, cuánta fortaleza, cuánta fidelidad, cuántas virtudes han crecido en la íntima comunicación de los fieles cristianos con el Señor, en la visita al Santísimo y en la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento!

Jesús instituye la Eucaristía, también como banquete y alimento de nuestras almas, después de proclamar el mandamiento nuevo y de lavar los pies a los Apóstoles, gesto con el que les propone un programa de vida basado en el amor, en la entrega a los hermanos, en el perdón y en el espíritu de servicio. Cuando el Señor propone una tarea, da también la fuerza necesaria para cumplirla. La tarea del amor servicial y gratuito a los hermanos, como, en general, toda la vida cristiana vivida en una atmósfera de exigencia y de tensión moral, sólo es posible vivirla con la gracia y la fuerza interior que nos brinda la Eucaristía, recibida, contemplada y adorada.

En la víspera de su Pasión, el Señor se queda en medio de nosotros además a través de nuestros hermanos, con los que Él se identifica. Con la Eucaristía, Jesús nos deja el mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. El amor fraterno es la señal de nuestra condición de cristianos. Jesús nos urge a perdonar, acoger y servir, a salir al encuentro de nuestros hermanos que sufren y a hacer de nuestra vida una donación de amor. El amor fraterno, que Jesús vive y nos enseña lavando los pies a los Apóstoles, no se ejerce pasando de largo o permaneciendo en la propia cabalgadura, sino abajándose, como hizo el buen samaritano, para recoger al hermano que sufre heridas físicas, psicológicas o morales, a menudo tan profundas y tan dolientes.

Este es también el camino de sus discípulos. No amaremos a los hermanos si nos acercamos a ellos desde nuestra superioridad o si compartimos con ellos sólo lo que nos sobra. El amor cristiano debe impulsarnos a ponernos a los pies de nuestros hermanos más pobres para servirles, a compartir la suerte de los desheredados y de las víctimas de la crisis económica, a ponernos de su parte y en su lugar. Que el Señor nos ayude a todos a vivir nuestra vida cristiana desde el amor, el perdón, la compasión, la fraternidad y el servicio a nuestros hermanos, porque también en ellos ha querido quedarse cuando nos dijo: lo que hagáis con estos mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis.

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