Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

¿Puede ser la normalidad nueva?

La solidaridad que es epidérmica se desvanece pronto y el único cambio real será el económico

Hay términos que enganchan . ¿Cuántas veces ha repetido Pedro Sánchez en sus intervenciones el concepto "nueva normalidad"? Nadie sabe muy bien qué significa. Pasa lo mismo que con el "cambio", que abanderó mil y unas campañas electorales en los últimos años. Pero lo cierto es que son palabras que movilizan y hasta entusiasman. Es cierto que el presidente del Gobierno ha moderado el uso de estos términos de moda en sus últimas apariciones, tras usarlos como manida muletilla, pero ahí quedarán para la posteridad pues dan nombre a la última estrategia estatal: el "Plan de Transición a la Nueva Normalidad".

A la espera de que se despejen las muchas dudas que estas medidas generan de por sí, surge otra pregunta: ¿Puede ser la normalidad nueva?¿No son conceptos antagónicos? De entrada, la expresión acuñada invita a pensar que, después de la pandemia, nada volverá a ser igual, ni siquiera las rutinas diarias. Parece que es "nueva normalidad" se refiere a eso. Y entonces basta con oír a pensadores como el filósofo José Antonio Marina para que esos conceptos suenen aún más vacíos y falsos. Dice este sociólogo que de esta pesadilla saldremos iguales, esto es, que volveremos a ser los mismos de antes y que no tardaremos en ello más de tres meses. Porque cambiar significa cambiar de creencias, cambiar de hábitos afectivos o cambiar de costumbre; y eso no pasa tras dos meses de confinamiento. Dice Marina que en el momento en el que pase la situación de emergencia volveremos a lo que los estadísticos llaman regresión a la media, esto es, a los hábitos de siempre.

¿Donde quedarán entonces las cadenas fraternales y ese inmenso sentimiento de comunidad desarrollado en un mes y medio largo de aplausos y tsunami emocional? Los sociólogos encasillan estas reacciones bajo la etiqueta de solidaridad epidérmica y, en cuestión de días, eso va perdiendo luz, como las pancartas de arcoíris colgadas en ventanas y balcones en los primeros días de cuarentena. Todo eso será un recuerdo cada vez más lejano recogido en vídeos, grupos de Whatsapp y canciones recurrentes.

Puede que en tres meses, y sería una excelente noticia, la ciudad vaya retomando su auténtico color. Y todos seremos entonces igual de buenos o de malos, de egoístas o generosos, de amables o antipáticos que antes. Pero sí hay algunas cosas que cambiarán, comportamientos determinados por circunstancias externas que nada tienen que ver con el carácter. Esa supuesta normalidad sí será nueva para quien se quede en paro, por ejemplo. Ya lo está siendo. Y será la crisis que se aproxima a pasos agigantados la que nos imponga nuevas anomalías y emergencias sociales. Ahí sí que todos tendremos que desarrollar nuestras habilidades para salir del paso.

Sevilla ha sido la primera de las grandes ciudades en dar el salto a la fase 1. Ahora toca demostrar el talento, la inteligencia necesaria para no dar pasos en falso, porque la pandemia sí que ha cambiado la normalidad económica de muchos y, a la larga, eso repercute en todos.

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