La tribuna

Alfonso Lazo

Puritanos y puritanas

COMO todos los años con los calores de agosto nuestras playas se han llenado de gloriosas muchachas con los pechos al aire. Cosa de las libertades. Ya lo escribió Francisco Umbral en una de sus columnas al poco de morir Franco: "Descubro que la democracia es una cuestión de tetas". Me dicen, sin embargo, los veraneantes de regreso que este año se han visto menos biquinis en la costa y, en cambio, algunos burkinis.

En lo más temprano de la Transición, cuando el dictador había muerto pero aún no se habían celebrado las primeras elecciones libres, y no gobernaba Suárez sino el oscuro Arias Navarro, las oscilaciones de la censura de prensa y espectáculos, en lo que se llamó la época del "destape", iban paralelas a la apertura o a la cerrazón política del momento: a mayor tolerancia con la clandestinidad más desnudos en el cine y en las revistas ilustradas; a mayor represión, por el contrario, menos mujeres en cueros. Las dictaduras, sean de derechas o de izquierdas, siempre han sido puritanas (nada tan mojigato como los países comunistas), y cuando éstas caen lo primero que aparecen son las tetas. En 1974, tras el éxito de la revolución de los claveles en Portugal, el diario Abc anunciaba a los españoles: "Aparece la primera foto de una mujer desnuda en la prensa de Lisboa". A los reprimidos españolitos de entonces se nos pusieron los dientes largos, de modo que cuando por fin llegó la democracia a España con ella llegó el "desmadre", incluso en la televisión oficial: estriptis cada semana, la actuación estelar de Cicciolina cierta Nochevieja, los desfiles de alta costura con escotes vertiginosos y transparencias de pánico… así fue durante los gobiernos de Felipe González y de José María Aznar. Así, hasta que llegó Zapatero y entre otras ocurrencias convirtió a la mujer en género. Feminista de alma y corazón, desaparecieron al instante las retransmisiones en TVE1 de los carnavales de Río, y acabó de un plumazo censor el divertido libertinaje de las televisiones públicas. El feminismo radical odia la belleza del cuerpo femenino, y considera su exhibición como un insulto a todo el género (no, por cierto, el exhibicionismo gay en sus barrocos desfiles). Mas lo asombroso es que tales beaterías han sido de inmediato asumidas, corregidas y aumentadas por el Gobierno de Rajoy; la inolvidable ministra Ana Mato debió pensar que haciendo un discurso feminoide, publicidad amenazante contra los hombres y mucho empleo de la censura televisiva en asuntos de despelote iba a conseguir los votos de las damas radicales.

Y en eso estamos, aunque no en los votos para Ana Mato que no consiguió ni uno. Cada día son más los ayuntamientos del Partido Popular y del PSOE empeñados en ocultar los encantos de la mujer; ya sea prohibiendo carteles publicitarios de señoras estupendas con poca ropa, ya sea la alcaldesa de Mojácar (PP) "harta de conductas vergonzosas" (dice ella) de las jóvenes "que se van de madre" en las despedidas de soltera y adornan sus cabezas "con diademas de rígidos penes", abalorio que según la prensa "ha cosechado un enorme éxito entre las chicas". Un puritanismo oficial rampante que, si Umbral tenía razón, amenaza nuestra democracia. El pasado 11 junio, en este mismo periódico, el cantante Andrés Calamaro ponía el dedo en la llaga: "Una inquisición políticamente correcta de un moralismo siniestro (…) que cualquier día va a prohibirnos la paella y los langostinos, después de prohibir ejemplos de virtud, estética, valor y señorío como son la tauromaquia y el boxeo". Y el escritor y filósofo Bernard-Henri Lévy en conversación con Fréderic Beigbeder: "Todo se ha vuelto prohibido. Hay una obsesión higienista y moralizante que viene de lejos; fuente común a todas las tentaciones totalitarias". A lo peor, digo yo, dada nuestra posición geográfica terminan prohibiendo también aquí los jamones de Jabugo.

En Francia acaban de autorizar el uso del burkini, con la correspondiente polémica. En los tiempos del franquismo he visto monjas bañándose en Chipiona envueltas en grandes sábanas y con la toca puesta. Pienso que cada uno es muy dueño de vestirse como quiera, ya sea en la orilla del mar, en un hospital o una escuela. Nada tan odioso como prohibir crucifijos y el velo de las mujeres en los edificios públicos. Lo que me preocupa es la actitud buenista de una Europa decadente (Felipe González dixit) dispuesta a tragarse todo. Mucho me temo el triunfo del burkini obligatorio en las playas de la Eurabia del porvenir.

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