La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Por capricho de un amigo que vive en otra ciudad y cada vez que viene a Sevilla me saca de paseo tabernario, recalamos el otro día en un clásico de Triana, donde no iba desde hace unos meses. El sitio tiene una barra muy pintoresca, una taberna de esas en plan cueva, donde las estalactitas son perniles de Jabugo y las paredes están empapeladas de carteles de toros, fotos de imágenes procesionales y otros cientos de detalles en ese horror vacui tan sevillano que incluye, en vez de una pizarra de tapas y raciones, un tapiz de notas pegadas en la pared, unas junto a las otras, en color amarillo.
La cara de estupefacción de mi amigo fue mayúscula cuando observó que un poco más allá de mitad de la barra hacia el fondo, había sobre el mostrador un cartelito metálico de RESERVA, cuatro platillos vacíos y una nota manuscrita con un nombre y la anotación: “4 personas”. Como tengo cierta confianza con la dueña, medio en broma le hice la observación: ¿Ya también se reservan las barras?”, a lo que con su inquieta desenvoltura me contestó algo así como: “¡Fíjate tú! ¿Has visto? Uno que me llamó el otro día y me dijo que por favor le reservara un espacio en la barra”.
La anécdota coincide precisamente en una semana donde he compartido varias conversaciones, tanto con gente de la hostelería como con comunicadores especializados en gastronomía, sobre el fenómeno que se está produciendo en Sevilla desde hace tiempo, con la masificación de ciertos bares y restaurantes con público turístico.
Les cuento otra anécdota reciente. Coincido con la propietaria de un centenario local del centro de Sevilla, saludos amistosos y mi comentario: hace tiempo que no entro en tu casa porque he ido últimamente varias veces y nunca hay sitio. Explicaciones lógicas: “¿Qué hago, Javier? No voy a echar a los turistas”. Claro que no, todo el mundo tiene derecho al libre acceso a los negocios públicos, faltaría más y los empresarios a no renunciar a sus lícitas ganancias. La pega es que los sevillanos no solo estamos perdiendo el sitio, sino también las maneras que hemos conocido hasta ahora de relacionarnos y de disfrutar de nuestros bares.
Ver colas de guiris esperando en la puerta de bares del centro histórico es una faceta más de esa invasión foránea de nuestros espacios más emblemáticos. Todo el mundo está de acuerdo ¿o no? en que preferiríamos un turismo de mayor calidad, quizás menos numeroso pero un poco más estiloso y con más billetes en la cartera, pero lo que hay es lo que hay y a los políticos locales, de un color y de otro, se les ilumina la cara cuando hablan de los miles que nos visitan, o sea, que la masificación del centro y las borregadas que van detrás de una banderita o un paraguas de colores, se supone que es bueno para la ciudad y sus ciudadanos.
Tercera anécdota, me piden en un bar que me apunte a una lista de espera para acceder a tomarme un par de tapas en la barra, el sitio, les aseguro, no estaba demasiado lleno, naturalmente me voy. ¿Eran incómodos aquellos bares llenos de gente tratando desde tercera fila coger la cerveza o comerse la tapa (en conchita de loza manejable) sosteniéndola en el aire? Los tiempos están cambiando. Y ahora “los tanques a la calle” parece que van a tener horario acotado casi a la hora del desayuno, cosas veredes, amigo Sancho.
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