Opinión

Antonio Hernández

Sangre vallejiana

UNO de los escritores favoritos de Félix Grande era León Tolstoi quien, en su prodigiosa novela Guerra y paz, dejó escrito que la muerte no es más que un cambio de misión. Ayer, a las cuatro de la madrugada, el poeta emeritense de Tomelloso llamó a su hija Lupe y le dijo: "Despierta a Paca que me voy con la música a otra parte". Estas tres criaturas apasionadas y al mismo tiempo calmosas y reflexivas no se llamaban como suelen hacerlo los miembros de una familia. Se llamaban por sus nombres de pila, y así Félix no era papá, ni Paca mamá ni Lupe la niña o la hija. Despiértala, se diría, que me voy con Enriquito de Melchor, con Morente y con la guitarra que no tocaba desde hacía cuarenta años, cuando una gira por el norte de África con su más que compare Fernando Quiñones lo convenció de que cualquier sonanta estaba mejor en las manos de su hermano Paco de Lucía. Félix aprendió eso desacordado con Quiñones y leyendo a Prudhomme "que el que sabe morir ya no tiene dueño". Y por eso le dijo a Lupe lo que le dijo: "Con la música a otra parte". Sosegado, tranquilo, sabiendo que nacer y morir no es más que un prólogo obligado a la novela negra e inacabable de la muerte.

Poco antes, sólo unos días antes, cuando la jefa de la Unidad de Oncología del Hospital de la Princesa fue a comunicarle la extrema gravedad de su estado de pésima salud, ya Félix dio pruebas de su entereza. Como quien para sin miedo un rayo acechante, le adelantó que él no era un premuerto cualquiera, que ya sabía que lo que no perdona cuando se rebela es el páncreas, que lo iba a llevar con resignación y que lo único que le pedía es que el dolor no fuera demasiado beligerante Con una frialdad escalofriante, como me contó el doctor Julio Ancochea, amigo y admirador de Félix, quien se había ganado una admiradora más en la persona de la Jefa de Oncología asombrada ante carácter tan templado, inmutable, al borde del silencio definitivo. Podía ser un gesto más de gallardía, incluso una manera de histrionismo recordando sus tiempos de actor por los villorrios de su Mancha adoptiva, cuando recitaba el Piyayo con casi tanta hambre como el personaje de José Carlos de Luna. Félix dijo que importa más cómo vivió un hombre que cómo murió, y que él había sido feliz con los suyos, con la poesía, con la prosa y con el flamenco. Y se debió de sentir cumplido dejando como dejaba resucitado al Abuelo Palancas , al bronce modelado que será en la Plaza Mayor de Mérida, su lugar de nacimiento, y en Tomelloso, su columpio de juegos y su plinto de biblioteca hacia la cumbre, cerca ahora de su César Vallejo capitán, al que "le dieron duro con un palo". Como a nosotros esta tarde lluviosa de Madrid en que quisiera escribir con la serenidad de Félix ante la muerte. "Mas sale sangre". Sale sangre salada por los ojos vallejianamente.

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