Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

Sevilla no es Venecia, ni quiere serlo

No son sólo rancios, hay otros sevillanos que defienden que lo más esnob es rechazar el turismo, sin escuchar los argumentos

Quien vivió la Expo del 92 seguro que recuerda el trabajo que costó que la Muestra Universal que cambió la vida de Sevilla entrara por los ojos en una ciudad instalada, y no era la primera ni la última vez, en el pesimismo y en una crítica nada constructiva. Desde los chistes que vaticinaban el fracaso antes de que se inaugurara a comentarios hasta soeces que sólo ayudaban a agrandar los viejos tópicos sobre Sevilla. De todo hubo. Pero, una vez que comenzó, los que hicieron suyo el evento y su exitazo fueron los mismos sevillanos que, acostumbrados a creerse el ombligo del mundo, comprobaron que durante seis meses realmente lo fueron.

Hay un orgullo sevillano que cuando aflora es imbatible. Refuerza la autoestima y se convierte en la mejor garantía de triunfo. Y quienes han tenido la oportunidad de asistir a la cumbre mundial del turismo que acogió la semana pasada Sevilla pudieron ver esa sonrisita medio arrogante medio inocentona en muchos sevillanos orgullosos de que su ciudad hubiera acogido semejante evento. Sólo la puesta en escena, sin entrar en los contenidos ni en los resultados, fue de por sí espectacular, un tremendo show de pantallas y tecnología made in Sevilla que situó a la capital a la altura que merecía una cumbre mundial de postín. Y nadie de fuera pudo cuestionarlo, al revés, todos se marcharon (algunos incluso prolongaron su estancia el fin de semana) impactados en el mejor de los sentidos.

Y todo esto ocurría mientras en los círculos más recalcitrantes no veían el momento en el que Barack Obama abandonase la ciudad. No, no son sólo rancios. Hay una tendencia en la ciudad que considera de lo más esnob oponerse a todo lo que huela a turismo, sin importar el argumento. Sevillanos de look progre que, buscando nadar contra corriente, confluyen con los más clásicos en la misma miopía que impide a la ciudad avanzar.

¿Hay que poner freno al turismo? Sería una temeridad en una de las ciudades con más potencial del mundo en esta industria. Y no lo dicen aquí, sino fuera. Lo razonable sería crecer sin cometer errores y ya hay muchos ejemplos de los que aprender. Uno de los fallos del turismo en Sevilla, y hay más de uno, es que nunca hasta ahora había caminado del brazo de las tres administraciones. Una alianza pública que, dándole la mano al sector privado, ha arrojado el mejor de los resultados en esta cumbre.

Sevilla, por mucho que quieran repetirlo, no tiene los problemas de turismofobia de otras capitales. Sevilla ni es Venecia ni quiere serlo, pero la mayoría de los críticos no quieren pararse para oírlo. Quienes llevan las riendas del turismo tienen planificada una estrategia, de entrada, acertada. Sevilla debe ser el foco de atracción, hasta donde lleguen los aviones y trenes, tiene marca y capacidad. Y luego tiene que repartir esa demanda que llega. Todos no caben en el barrio de Santa Cruz, ni en el casco histórico, pero Sevilla es mucho más que eso, hay vida fuera de intramuros, un rico patrimonio en la provincia y a escasas dos horas de la capital. Y esto es posible, más allá del discurso político de las sinergias andaluzas. Salen ronchas y el Ayuntamiento tiene el deber de curarlas, asegurando la convivencia. Pero el remedio no es cerrar las puertas y esconder las llaves.

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