¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Julio Iglesias y la motosierra
AUNQUE hay alguna discrepancia, la gran mayoría acepta que el término América Latina lo inventaron los intelectuales franceses del Segundo Imperio, entre otras cosas para justificar las aspiraciones colonialistas de Napoleón III al otro lado del charco. Eran los años en que un Habsburgo soñador y suicida, Fernando Maximiliano José María, quiso ser emperador de un México hirviendo. Aquello acabó ante un pelotón de fusilamiento con el monarca europeo haciendo una pregunta lógica: “¿Duele, mi general?”. Manet lo pintó magistralmente en un cuadro entre velazqueño y goyesco.
Gabacho o no, a los americanos les gustó el término Latinoamérica y lo hicieron suyo. A los progres españoles también. La palabra Hispanoamérica quedó para la derecha. Los toreros, a su aire, siguen nombrando al continente con su verdadero nombre, sin aditivos ni colorantes: América a secas. Toda una lección de temple. No nos cabe la menor duda de que en las plazas de Acho o Aguascalientes se habla mejor español que en muchas facultades ibéricas.
De latinoamericano hemos pasado al latino a secas de la actualidad, aunque este acortamiento ya no significa lo mismo. Para lo que hoy nos interesa, la palabra ha perdido algo de su fulgor revolucionario para señalar una de las muchas tribus que pueblan la gran industria de la música y la moda global. Lo hemos visto claro en Sevilla estos días con la celebración de los Grammy Latinos. La muy novelera Híspalis ha reaccionado con su habitual entusiasmo a cualquier jolgorio y ha olvidado que pasar de romana (condición de la que siempre ha presumido) a latina es una evidente degradación. Si a un orgulloso romano de la Antigüedad le hubiesen llamado latino lo habría vivido como una humillación. Sin embargo, Sevilla lo ha vivido como una especie de bendición del Olimpo, con la muchachada haciendo guardia en las puertas de los hoteles para ver a sus ídolos musicales y los políticos difundiendo cifras de beneficios tan millonarias como inventadas. La Nueva Roma triunfante del Quinientos, la ciudad de la casa de Pilatos, los armaos y los SPQR, ha rendido sus armas ante una latinidad de ida y vuelta vestida con chándals de luxe que cuestan más que todo el escaparate de Galán.
Ha sido una suave invasión, desde luego más amable que las hordas futbolísticas del norte secando las reservas estratégicas de Cruzcampo. Una mezcla de acentos caribeños, de andares “tumbaos”, de tatuajes barrocos y de ropas canorras que han convertido a Sevilla en una ciudad divinamente macarra. Hasta el Metrocentro avanzaba con más garbo por la Avenida. Que tanta paz se lleven como descanso dejan.
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