🌧️ La lluvia acaba de un plumazo con el buen tiempo en Sevilla

¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Sexo en el gulag

No sabemos qué tienen de superioridad moral personajes como Otegi, Pisarello o Maduro, todos ellos de izquierda

Leemos en la prensa que la etnóloga Kristen Ghodsee ha publicado un ensayo con un título llamativo: Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo. Según la autora, especialista en Rusia y Europa del Este, en los países del antiguo bloque comunista las mujeres copulaban mejor que en el perverso mundo capitalista. El gulag debe ser afrodisíaco. Tanto que en Cuba muchas llegaron a convertir la coyunda en su profesión. Les llaman jineteras. Al parecer, ciudades como Moscú, Pekín o Pyonyang eran las alegres capitales del placer frente a las decadentes París, San Francisco, Nueva York o Berlín Occidental... Es evidente que la indisimulada nostalgia por el comunismo totalitario está llevando a cierta intelectualidad de izquierdas a decir tonterías del tamaño de la Plaza Roja.

Pero no todo queda ahí. Hace unos días tropecé con otro libro que se intitulaba La superioridad moral de la izquierda, escrito por el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca con la colaboración de Íñigo Errejón. Cuando ojeé sus páginas caí en la cuenta de que no había ninguna ironía en el enunciado. Hasta ahora conocíamos la proverbial falta de sentido del humor de la siniestra intelectual, pero no la ausencia de sentido del ridículo. Es como si un cátedro carca titulase Sólo los de derechas van al cielo y dedicase páginas y páginas a razonarlo sin el menor asomo de ironía. Eso de la superioridad moral, como lo de la caballerosidad, no es atributo que uno pueda atribuirse a sí mismo sin caer en la inelegancia. Y lo de la felicidad sexual, según la vieja y sabia costumbre, es mejor dejarlo para la intimidad.

No sabemos muy bien qué tienen de superioridad moral personajes como Otegi, Pisarello o Maduro, todos ellos pertenecientes a la izquierda. Y sobre sus actividades sexuales preferimos no preguntar, no vayan a ponerse a contar anécdotas. Más allá de la grandiosidad y pomposidad de algunos idearios utópicos -que ya son como toros viejos y gordos, al igual que los que se lidian estos días en Sevilla, según Luis Carlos Peris- la vida nos ha enseñado que la moralidad es algo que incumbe sólo a las personas, no a los colectivos. Y, sobre todo, a no confundir la teoría con la praxis, que la mayoría de las veces son parientes muy lejanos.

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