Carlos Colón

Simón del desierto sevillano

la ciudad y los días

08 de noviembre 2011 - 01:00

LA perspectiva de Triana vista desde la orilla opuesta o desde el puente está rota por la torre de los Remedios. Eso fue la dictadura, se podría decir, que con tanta facilidad confundía progreso y desarrollo, modernidad y novedad. Pero si desde el puente se mira hacia el otro lado, hacia la Cartuja, resulta que el horrendo edificio de Torre Triana está plantado en medio como una plasta dejada por un perro monstruoso.

Que se le haya hecho tanto daño a esta ciudad no justifica, desde luego, que se le deba hacer más. Pero nada daña la torre Pelli que no esté ya dañado. ¿Por qué quienes ahora se preocupan tanto por su impacto sobre la ciudad histórica no se preocuparon por el de Torre Triana? ¿Por qué quienes no han abierto la boca para protestar por las setas, clavadas en el mismísimo corazón de Sevilla, la abren ahora tanto para protestar por la torre Pelli?

No defiendo la torre, entiéndaseme bien, pero tampoco me rasgo las vestiduras patrimoniales por su construcción. Entre otras cosas porque ni vestiduras patrimoniales que rasgarme me quedan después de lo que se ha hecho con esta ciudad en las dos últimas décadas, pasado el breve respiro de respeto al patrimonio histórico y cotidiano de la ciudad en los 80 (cuando salvar edificios y restituir adoquinados era progresista) y las necesarias obras del 92.

Así que patrimonialmente estoy en cueros vivos, sin túnica que desgarrarme. Sólo me queda tirarme de los pelos. Y como cada vez voy teniendo menos, a medio plazo ni eso. Sólo me quedará el voceo inútil desde esta columna sobre la que diariamente me dirijo a ustedes en una soledad de estilita, Simón del desierto sevillano. Con razón terminó Joseph Peyré su novela Guadalquivir con esta frase: "Había encontrado su desierto junto al Guadalquivir".

Los daños mayores los procuraría la torre, por lo visto, al entorno de la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias como Patrimonio de la Humanidad (y de la humanidad con minúscula también, en el sentido en que se decía "aquí huele a humanidad": paisaje de camisetas horteras, calzoncillos con leyendas imposibles, hoteles de lujo de colorines que parecen sacados de CSI Miami, bares, bares y más bares). Dudo que la torre les afecte desde la otra y lejana orilla del río.

Estaría bien que los de la Unesco se preocuparan, además de por el impacto de la torre sobre el conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad, por la conversión de su entorno en un bazar inmundo, como si Sevilla fuera una ciudad sin ley en lo que a licencias, ocupación del espacio público y fisonomía de bares y comercios se refiere. No creo que lo hagan.

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