Postdata

Rafael Padilla

Telerrealidad

17 de mayo 2009 - 01:00

AFIRMABA Ignacio Ramonet, con admirable agudeza, que las imágenes nos dicen más sobre la sociedad que las mira que sobre ellas mismas. A la hora de enjuiciar la calidad de la televisión que hoy se nos ofrece y de valorar sus logros en la escala inmisericorde de los shares, esa perspectiva no debe olvidarse nunca: sólo triunfa lo que el telespectador ve y es a él a quien hay que atribuirle la responsabilidad final de tanta extravagancia millonariamente aplaudida.

Tal reflexión es especialmente certera en el caso de los realities, tan de moda desde finales de los noventa, verdaderos espejos que nos devuelven la imagen moral de una sociedad cada vez más idiotizada, orgullosa de sus miserias, encumbradora de la fama fácil, devoradora de sus bufones, desinhibida en la búsqueda de la penúltima y más sórdida transgresión.

El invento -señalan los expertos- se asienta en dos pulsiones universales: el voyeurismo y el exhibicionismo. De lo primero, del irrefrenable deseo de observar -o lo que es lo mismo, de dominar- encontramos una magistral descripción en La ventana indiscreta de Hitchcock. De lo segundo, del gusto impúdico por mostrarse y de su creciente manifestación, deja excelente testimonio el altísimo número de blogs, facebooks y webcams que acampan en Internet. Ambas, extrañamente exacerbadas en estos inicios del tercer milenio, se ven sobradamente satisfechas por el reality show: el público puede husmear cada vez más en las vidas ajenas y a los participantes les permite desnudarse hasta extremos y en aspectos impensables.

Pero, lejos de agotar ahí su "función social", incorpora otros dos elementos que completan su perfecta iniquidad: de una parte, consagra la ética del "vale todo" como trampolín a una gloria efímera, desesperada, salvadora de un anonimato que se nos vende como el peor de los fracasos; de otra, al apelar a la teledemocracia y hacer depender del voto del espectador la suerte, buena o mala, de los concursantes, sugiere una perversa deificación de la masa, erigida en juez supremo, caprichoso e inapelable de los destinos del prójimo.

Si a todo ello añadimos que la propuesta seduce mayoritariamente a los jóvenes, deduciremos una idea aproximada del futuro que nos llega, de los valores -o desvalores- que priman y primarán en este tiempo nuestro de los despropósitos, confuso, desnortado y alienante como pocos.

Me objetarán que hay realities y realities, que no es lo mismo Gran Hermano que Se llama copla. Ni eso les concedo. Por inocuos que puedan parecer los contenidos, el mecanismo sigue siendo el mismo: cualquier cosa por un instante de éxito, casi siempre fugaz, que te otorgará, desde luego no por tus méritos objetivos, una audiencia cómodamente injusta tras las cortinas. Las nuevas reglas de un mundo ya tan cercano, banal y pavoroso como fielmente televisado.

stats