Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
ANTES, hace cuarenta años, el Polígono Sur ya era mucho más que las Tres Mil Viviendas: desde las casitas de la barriada de la Paz, a los primeros bloques de la Oliva, las Letanías y luego Murillo, Antonio Machado y Martínez Montañés. Nombres ilustres para una zona segregada y aislada desde su creación. Hasta allí, desde finales de los 60, llegaron familias de zonas chabolistas como La Corchuela y otras con escasos recursos procedentes de refugios de varios puntos de la ciudad, muchas gitanas, y también desalojadas del casco histórico. Pero lo que se construyó como un barrio obrero, con sus movimientos vecinales, pronto se convirtió en una zona de marginalidad castigada por la delincuencia y el tráfico de drogas.
Dicen algunos patriarcas, los sabios del barrio, que cambiaron el cielo estrellado de Triana por un piso con comodidades; y que ganaron un aseo y un frigorífico, pero perdieron muchos de sus valores al cambiarlos por mercedes, cordones de oro y otras ambiciones poco sanas. Y ahí empezaron todos los males que condenan hoy a la zona, sobre todo a las barriadas de Murillo y Martínez Montañés, Las Vegas, el corazón demográfico del Polígono Sur. Eso son hoy las Tres Mil Viviendas, su nombre oficial hasta finales de los 80, que atraen los focos o por los episodios de delincuencia que allí suceden o por el arte y el talento de los muchos flamencos de prestigio que tienen su cuna y su cama en el barrio.
Son dos de las caras del Polígono Sur. Pero hay otra, la de gente humilde y honrada a la que le preocupan el paro y la falta de vivienda, como a la de la Macarena o el Tardón. La Oliva no es Las Vegas. En algo se ha avanzado en las últimas décadas. El gueto se ha ido reduciendo e incluso en él hay familias que siguen luchando por salir de allí, si pueden, o por intentar mejorar el barrio. Por eso es injusto colocar una etiqueta única al Polígono Sur, tanto como negar que hay mucha marginalidad entre los bloques de las Tres Mil, las 624 viviendas, un territorio marcado por el color de las fachadas: marrón, verde, rojo y amarillo. En estos últimos tuvo lugar el pasado martes el tiroteo que acabó con la vida de una niña de 7 años y la detención de diez personas que actuaron por venganza en un ajuste de cuentas entre clanes gitanos. Los disparos son habituales en este barrio, como los petardos en otros, sólo que esta vez tuvieron el más trágico de los finales.
Quienes viven allí saben que el del martes no fue un hecho puntual, un problema de seguridad que se puede producir en cualquier lugar en un momento concreto, como aseguraron algunos políticos socialistas que defienden el trabajo realizado en la última década en la zona a través del Plan Integral puesto en marcha por la Junta de Andalucía. Por cierto, el Gobierno andaluz todavía no ha logrado el consenso necesario con el Ayuntamiento y el Gobierno para nombrar a un nuevo comisionado tras la marcha, hace ya tres meses, de Jesús Maeztu, que desde su actual puesto de Defensor del Pueblo pide calma a sus antiguos vecinos e insiste en desligar lo ocurrido de la situación actual del Polígono Sur.
Transmitir sensación de seguridad y de protección a la población es una obligación también de la Delegación del Gobierno y del Ayuntamiento. Y así lo han hecho esta semana. Pero hay que dar un paso más. ¿Cómo no va a estar vinculado el tiroteo entre clanes con el estado de violencia y marginalidad de las Tres Mil? Es cierto que allí acuden a diario técnicos del Plan Integral que se encargan, por citar un ejemplo, de que los menores acudan al colegio y de que lo hagan aseados y desayunados. La educación es una tabla de salvación para estos niños que con 5 años sueñan con ser artistas y con 15 queman papeles de plata.
Las administraciones trabajan para que las Tres Mil, al igual que el resto del Polígono Sur, camine hacia la normalización, hacia una integración real. Pero hay muchos obstáculos que se interponen en el camino, empezando por la propia segregación física que sufren estos barrios y la falta de inversiones. Se reconstruyen bloques en ruina que en un año están desvalijados. Los pasos son muy lentos y aquello sigue siendo un núcleo marginal por mucha voluntad que se le haya puesto y se le siga poniendo; por muy políticamente incorrecto que les parezca a algunos delegados y concejales; y por mucho que indigne a los vecinos que trabajan desde meritorias plataformas ciudadanas para cambiar la imagen del barrio. ¿Quién se atreve a pasear por Martínez Montañés sin protección o sin el respaldo de algún vecino? Que los taxistas se nieguen a entrar o que Lipasam y Tussam necesiten escolta policial no es una leyenda urbana. Hay un Bronx en Sevilla, como en muchas grandes ciudades.
Y probablemente el único que habló con valentía del asunto tras el tiroteo fuese Antonio Rodrigo Torrijos, el portavoz municipal de IU, que no sólo lamentó la muerte de la menor sino que condenó la violencia larvada y sostenida en el tiempo que existe en las Tres Mil. Allí no sólo hay drogas y todo el peligro que suponen su compra y venta. También hay armas. Tal vez en las Tres Mil esté el arsenal de Sevilla y esto tampoco es el argumento ficticio de una película de gángsters. Las operaciones policiales confirman que hay muchas armas ilegales que se intervienen en esas barriadas. Quienes conocen el tema aseguran que una pistola o un revólver puede comprarse desde 30 ó 40 euros allí. Son armas muy manipuladas que proceden en su mayoría de Portugal. Hay un mercado ilegal que explica que la Guardia Civil tenga depositadas, intervenidas o decomisadas en algunos momentos hasta 7.000 armas de fuego en la provincia de Sevilla, donde, además, uno de cada 15 habitantes tiene una escopeta o algo similar de manera legal.
El tiroteo en el que murió la inocente Encarnación mientras cenaba, atravesada por balas que agujerearon por error la fachada de su casa, ha despertado conciencias. Ahora sólo cabe esperar a que despierte nuevas voluntades políticas que ayuden a las Tres Mil, que también son Sevilla y el Polígono Sur, a salir del olvido. Y que los planes no sean meros hechos puntuales.
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