Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Inmolación
TRANQUILOS, Hispania no se rompe. Españoles, el dictador no ha muerto. La gente canta con ardor que viva Hispania. Galba, requeteapuñalado, se arrastra en la última escena. Cómo iban a prescindir del malo. Eso ya lo vivimos con el asesinato de J.R. Y la pilingui de la señora Roper, o Sue Ellen, se marcha, infiel, con el implacable capataz, Mario. Dallas pertenece a tres decenios atrás y la serie española más rompedora sigue sus pasos. Calculen el desfase que tenemos en las tramas con los americanos. Lo más destacable son las escenas de batalla y la del último episodio ha sido muy loable, aunque se noten algunos efectos de ordenador, pero eso lo perdonan en los cines a cualquier plastorro de Hollywood. Y Viriato, sino fuera porque al final es un líder ejecutivo, nos recuerda a un osito de ZP.
Mi querida Hispania volverá, aunque habría que pedirle a los de Antena 3 que permitieran a los guionistas que dejaran el carácter infantil, de sesión de cine vespertino, que late a lo largo de su narración. Y un poquito de contexto de la realidad histórica no vendría mal ya a estas alturas. Entre Yo, Claudio y un vulgar peplum sesentero hay un término medio posible e interesante para todos.
Una Hispania que no existió, como la Andalucía improbable de Bandolera. Un culebrón disfrazado de Curro Jiménez en tiempos revueltos. No está mal ni la ambientación ni los diálogos, que es una especialidad de la productora Diagonal. Mejor admitimos a Marta Hazas como animal de compañía que de guiri arrebatada. Es una Andalucía de Merimeé, de risa. De pandereta. Pero es mejor que, por lo menos, esa Andalucía de patillas, mantenga nuestra aura de destino idílico para los espectadores extradespeñaperreros. El romanticismo del Sur. Nuestra marca más efectiva.
Algo es algo.
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