¡Agua, agua sobre Baltasar!

Hasta las gárgolas se cebaron con el precioso cortejo en la salida triunfal

La lluvia limpia, fija y da esplendor

La intimidad perdida de Sevilla

La carroza de Baltasar en la calle Palos de la Frontera bajo una manta de agua.
La carroza de Baltasar en la calle Palos de la Frontera bajo una manta de agua. / M. G.

06 de enero 2026 - 04:00

Las reuniones conviene comenzarlas por los asuntos importantes. Toda sesión del consejo de gobierno de Andalucía comienza con un repaso a la situación de los embalses de Andalucía. Es una buena costumbre del actual presidente, ayer revestido de Baltasar, trono oro y azul en un cortejo de más de cien años de antigüedad. A las cinco menos cuarto de la tarde, hora fijada para la salida de la última carroza desde la lonja de la antigua Fábrica de Tabacos, caía una manta de agua, absolutamente inesperada que empapó al rey negro, que sufrió además el chorro gordo y continuo de las gárgolas que evacuaban con ansiedad el agua acumulada en las cubiertas. ¿No queríamos agua para Andalucía? Pues a gargolazos en el día señalado, bendita agua para una tierra tradicionalmente seca y de calor. Bendita agua, que decía siempre Juan Pablo II. Bendita agua que trajeron los reyes magos porque nunca sobra, salvo cuando provoca tragedias. Qué sonrisa la de Baltasar dando las gracias a quienes aguantaban la fuerte lluvia que sorprendió al público de la salida. Agua que no termina de llenar los embalses de Cuevas de Almanzora, Benínar, Zahara, Barbate, la Viñuela o Guadalhorce. Agua que se requiere en algunos embalses que no están ni al 6% de su capacidad. No es que nunca llueva a gusto de todos, es que jamás llueve lo suficiente. ¿Cuántas veces no hemos sobrellevado un verano terrible, de los de sequía que cuartean la tierra de los pantanos, gracias al agua caída precisamente en Semana Santa? Mala suerte o divina providencia. La ciudad ha sacrificado muchas veces sus fiestas mayores en altar de una lluvia muy necesaria. Nos resignamos siempre, porque sabemos de la dureza del camino. Las gárgolas echando agua sobre la soberbia carroza del rey negro eran toda una metáfora. Nadie tenía prevista tanta agua en tan poco tiempo, acaso alguna reacción inadecuada de cierto público, cosa que por supuesto no se produjo al paso de monarca más popular.

La cabalgata no se detuvo por el aguacero, tiró para adelante, cosa que no extrañó absolutamente a nadie. El personal no aguanta la contemplación de una cofradía bajo la lluvia, rápidamente aparece la necesidad de cuidar el "patrimonio humano", además del artístico y, sobre todo, el devocional. Pero la fuerza de los niños, que tienen el motor de la ilusión y la coraza de la inocencia, no permite generar el debate ni cuando la lluvia castiga a la ciudad y el frío provoca el bajo vuelo del grajo. ¡Agua para el Baltasar del agua! Agua para los cultivos del arroz y los viñedos de la provincia, para los campos verdes que convierten la Sierra Morena en una Cantabria con pueblos blancos, agua para los parques frondosos y la cal de las espadañas, agua que será la Esperanza que nos sostendrá en la dureza que está por venir. Agua para el Baltasar que agua siempre quiere, que sabe que el agua es la vida de una tierra que la tiene siempre escasa. Oro, incienso, mirra y agua, mucha agua en los embalses de la esperanza.

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