¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La nueva muerte de Pemán
La primera referencia histórica sobre la elaboración de tejidos de seda se remonta al año 2750 a. C. en China, mientras la Roma clásica los importa a partir del siglo I a. C. a través de las rutas de caravanas procedentes de Asia, convirtiéndose después el Imperio Bizantino en su primer productor mediterráneo. La tecnología para desarrollar el arte de la seda penetra en la Península Ibérica con la invasión islámica, siendo la región meridional de Al Ándalus la primera de la cuenca occidental dedicada a la cría masiva del gusano de seda. La materia prima de tan laborioso proceso se encuentra en la morera blanca (Morus alba) y la morera negra o moral (Morus nigra), pues las hojas de estos árboles son el alimento exclusivo del estado larvario u oruga de la polilla Bombyx mori, de cuyos capullos en la fase de crisálida se extraen los hilos de seda. Tras el gran avance conquistador del siglo XIII, los nuevos reinos cristianos siguen utilizando las antiguas técnicas andalusíes mediante artesanos mudéjares y judíos, y también desarrollan otras traídas por los mercaderes genoveses. Los principales núcleos del arte sedero fueron Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén, Murcia, Priego, Écija, Lorca y Valencia, aunque la excelente seda del reino nazarita permanecería a la cabeza de todos hasta su dominación por los Reyes Católicos y más tarde con los moriscos de Las Alpujarras.
La cofradía gremial sevillana del arte de la seda era de carácter religioso y se ubicaba en la calle Santa Ana del casco viejo desde el medievo, trasladándose a comienzos del siglo XVI al hospital de San Onofre en la plaza de San Lorenzo. Esta institución hospitalaria acogía a personas desvalidas, sobre todo mujeres, y por ello fue incluida en el programa de reducción de setenta y cinco hospitales decretado en 1587, lo cual provoca la mudanza de esta pujante industria a diversas casas dependientes del monasterio de San Clemente. Varios condicionantes, entre los que destacan la irrupción de la pebrina a mitad del siglo decimonónico -grave enfermedad que afecta a las orugas- y el auge imparable de los nuevos tejidos de algodón, encaminarían hacia la extinción de estas valiosas actividades en tierras hispalenses.
Muchos acontecimientos quedaron impresos en un libro fantástico tramado con invisibles hilos de seda que registraron hechos asombrosos derivados del ancestral oficio para la creación de sutiles telas salidas de la mano del ser humano, pero de inspiración divina. Un verdadero arte universal que vertebraría a lo largo de los tiempos esenciales trasvases comerciales y culturales entre Oriente, Occidente y el Nuevo Mundo. Como recuerdo de tan relevante y productiva tradición artesanal, una escueta calle rotulada con el nombre de Arte de la Seda persiste en el barrio de San Lorenzo y muy cerca del primitivo monasterio clementino. ¡Me invade una extraña nostalgia histórica cuando recorro en silencio los escasos metros de esta callejuela escondida en el corazón de Sevilla!
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