AVE, un símbolo que se desvanece

20 de enero 2026 - 03:08

Con independencia de las causas que determine la investigación y de las responsabilidades concretas que quepa exigir, el gravísimo accidente ferroviario de Adamuz pega el golpe de gracia al ya escaso prestigio que conservaba la alta velocidad española. No se sabe qué es lo que ocurrió en la tarde aciaga del domingo para que dos trenes de alta velocidad colisionaran con el resultado que ya se conoce de cuatro decenas de muertos y más de un centenar de heridos. Lo que sí se puede afirmar sin género de dudas es que un accidente de estas características, en un servicio en el que todo está tecnológicamente controlado, es impropio de un país desarrollado. Las imágenes de vagones retorcidos remiten a escenarios lejanos o la España de hace décadas, por más que en cualquier accidente la fatalidad y el azar juegan un papel y nadie está libre de poderlo sufrir.

Pero el primer accidente grave en la alta velocidad ferroviaria tras 34 años de su puesta en marcha incide sobre una realidad que no se puede obviar. En la última década y media, desde los recortes impuestos por la crisis financiera, a partir más o menos de 2010, se produjo un deterioro, primero más lento luego más rápido, de la calidad del tren de alta velocidad. Ello coincidió además con la apertura de nuevas rutas que necesitaron inversiones muy cuantiosas y en los últimos años con la liberalización y la entrada de operadores privados. Una infraestructura, como la que conecta Andalucía con Madrid, diseñada en los años noventa para quince o veinte trenes diarios soporta ahora más de doscientos.

Los retrasos, las cancelaciones, las esperas interminables en las estaciones saturadas, las paradas en medio del campo, la falta de información fueron empeorando la imagen de un servicio que en sus primeros tiempos gozó de una enorme aceptación porque garantizaba rapidez, puntualidad y atención. Pero viajar en AVE se convirtió en una apuesta de riesgo en la que era casi imposible garantizarse la llegada a destino a la hora comprometida. La entrada de empresas que competían con Renfe no supuso una mejora porque la mayor parte de los problemas estaban en unas vías y unos sistemas de señalización que pedían a gritos una renovación. La única marca de calidad que mantenía en los últimos años era la de la seguridad. En tres décadas largas de funcionamiento ni un accidente que reseñar. Con la tragedia de Adamuz esa imagen también se ve arruinada.

Cuando en 1992 se inauguró la primera línea de alta velocidad entre Sevilla y Madrid el AVE se convirtió en el símbolo de una España dinámica y moderna que se había incorporado plenamente a Europa y que había dejado atrás todos sus fantasmas. Era la España que había sido capaz de organizar el mismo año una Exposición Universal y unos Juegos Olímpicos y que afrontaba su futuro con optimismo. Aquello queda muy lejos y duró poco. Pero, de alguna forma, la alta velocidad quedó como un icono de esa época. Después vino el deterioro que llega a nuestros días. La catástrofe de Adamuz no hace sino hundir hasta el abismo el prestigio de lo que un día fue un símbolo de nuestro progreso como sociedad.

stats