El bloguero y la rueca de Gandhi

21 de noviembre 2012 - 01:00

EN mis cortas entendederas encuentro perfectamente democrático y legal que un bloguero se indigne ante el contenido de un programa televisivo, inicie una campaña en la red para que los anunciantes dejen de patrocinarlo, logre encauzar la indignación de miles de ciudadanos, los anunciantes retiren la publicidad y el programa sea suprimido. ¿Qué hay de malo en ello? Las audiencias dan y las audiencias quitan. Benditas sean las audiencias. Eso sí: siempre que no piensen por ellas mismas, se organicen y actúen. Por lo visto hay quien cree que los televidentes deben ser receptores pasivos, dóciles reses de engorde de la publicidad, indefensas gallinas ponedoras de anunciantes.

En la era del hiperconsumo el gesto más contundente es no consumir. Ríanse de los antisistema que queman cajeros y contenedores o saquean comercios. Son unos antiguos. Desde los humanoides de 2001 hasta los últimos desmanes de los antisistema el 14-N, pasando por la revolución francesa, la noche de los cristales rotos o mayo del 68, expresar el descontento o el cabreo rompiendo cosas o asaltando bastillas y palacios de invierno, reventando escaparates o levantando adoquinados, es cosa tan vieja como el hombre.

Lo moderno y eficaz es no consumir, no ver. Ello supone el bloqueo del sistema: el arma más eficaz en manos de ciudadanos reducidos a consumidores de bienes o imágenes. Nada del todo nuevo -piénsese en Buda, Cristo, Francisco de Asís, Thoreau o Gandhi-, pero sí poderosísimo cuando el único valor admitido y respetado es el consumo. Es lo que simboliza la rueca de Gandhi: confeccionarse los propios vestidos para no comprar los textiles británicos.

En la sociedad de los medios la rueca puede ser el mando a distancia. Pero esta acción individual requiere esa libertad crítica que sólo la educación procura. Una rueca más eficaz es organizarse a través de las redes para abstenerse de ver un programa o consumir los productos anunciados en él. Puro ejercicio de la única libertad que han dejado a los telespectadores y consumidores: no ver, no consumir.

No entiendo por ello que un juez haya admitido a trámite la querella interpuesta por Telecinco contra el bloguero Pablo Herreros por supuestos delitos de amenazas y coacciones. Pidió a los anunciantes que retiraran la publicidad tras la entrevista (pagada) a la madre del Cuco. Su llamamiento prendió. Y fue el fin de La noria. El canal que tanto ha jaleado los movimientos nacidos en las redes sociales cambia de actitud cuando él es el pescadito que cae en ellas. Comprensible: Pablo Herreros ha descubierto que el mando a distancia es la rueca de Gandhi.

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