¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Las elites, 5.000 años de fracaso
Llama la atención el extraño silencio de nuestros grandes intelectuales sobre el uso en público del burka o el niqab. Es asombroso que casi nadie haya dicho nada, o en todo caso, que sólo haya dicho esas vaporosas vaguedades que no comprometen a nada. No hay que olvidar que todo el hábitat artístico y cultural está copado por la izquierda (o incluso por la extrema izquierda), y eso incluye a libreros, profesores universitarios, directores de cine, galeristas, bibliotecarios, editores, críticos literarios y, por supuesto, a los colegas escritores. Y por eso mismo, decir algo inconveniente o que contravenga los dogmas oficiales de la izquierda puede resultar muy peligroso para alguien que pretenda ganarse la vida vendiendo libros o participando en debates intelectuales. Y como en el caso del burka y el niqab la izquierda oficial se ha posicionado a favor de permitir su uso –por la tétrica alianza entre nuestra izquierda woke y el islamismo que aporta votos a la izquierda decreciente–, nuestros prudentes intelectuales han cerrado la boca y se han quedado calladitos. En boca cerrada no entran moscas.
Se suele decir –los intelectuales son los primeros en hacerlo– que los artistas representan a los sectores más valientes y comprometidos de la sociedad, pero eso es falso. Detrás de cualquier poeta de provincias –creemos– se esconde un Rimbaud o un Maiakosvki o una Simone Weil, pero la triste verdad es que no hay nadie más oportunista que un intelectual. Toda esa pose estudiada de coraje y desafío social contra el fascismo –como si todavía estuviéramos combatiendo con el Quinto Regimiento en el frente de Madrid– es pura farfolla y puro teatro. Si está pendiente una invitación del Instituto Cervantes o una lectura pública en algún sitio, el intelectual guardará silencio o bien sólo dirá las cuatro verdades confortablemente humanistas que le permitan quedar bien con el dogma oficial.
Nada de pisar callos. Nada de decir lo que no está bien visto. Nada de comentar –por ejemplo– que el burka es una aberración que debería estar prohibida en cualquier sociedad libre. No, por supuesto que no. El silencio y la complicidad con el poder (el poder, se entiende, que controla el hábitat cultural) es mucho más importante que la verdad. Así son. Así somos.
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