¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Las elites, 5.000 años de fracaso
No es de los de perder el entusiasmo con facilidad porque lo suyo viene de familia, pura vocación, esa llamada interna de donde nace la fuerza para trabajar cada día y sentirse realizado. Su relato combina el desamparo provocado por las circunstancias y la necesidad de adaptarse a los tiempos que corren, un imperativo para la supervivencia. Al fin, su abuelo debió enfrentarse a la posguerra y su padre a una sucesión de crisis. Y uno y otro, respectivamente, también disfrutaron del desarrollo económico de los sesenta y de la llegada de la Alta Velocidad, que conectó Madrid con Andalucía. Siempre hay motivos para instalarse en la queja, justificar el pesimismo vital y procurar pegarle el pase a un grupo empresarial hostelero, no pocos fondos de inversión querrían su marca. "Acabamos de revisar las cuentas y se nos va más del 50% en personal, cuando lo normal ha sido siempre un 30%. ¿Sabes por qué? Porque ahora se necesitan más empleados para hacer lo mismo. Con muchos menos profesionales hacíamos todo lo que ahora hacen el doble de empleados. Estamos obligados a hacer un plan de productividad, no nos queda otra para ser rentables, pero no es nada fácil. Tenemos que contratar a un profesional que nos ayude a comunicar el plan, porque hoy hay palabras que no se pueden decir, te puedes buscar un problema si las dices. Parece mentira, ¿verdad? Un compañero me decía el otro día que primero pregunta a los empleados cuántas horas quieren trabajar y, en función de las respuestas, hace los turnos. Se encuentra con jóvenes que piden jornadas de cinco o seis horas, lo justo para sacarse unas perras para sus gastos, y no quieren trabajar más, pese a que, por supuesto, se le ofrecen horas pagadas. Tengo protocolos de todo tipo en todas las sedes, incluidos, por supuesto, los de acoso. Y ahora contratamos a un coach para decirles lo que a mí me decían mi padre o mi abuelo en una charla normal y corriente: hay que ser más efectivos, el cliente no es invisible, hay que vender cafés y tapas, hay que procurar que el cliente se vaya satisfecho y con ganas de volver... ¿Tú te das cuenta de lo que te estoy diciendo? Son exigencias de cajón, no son ninguna amenaza o abuso. Pues así estamos. El doble de empleados, con un porcentaje disparado de gasto en personal y un coach para que nadie se sienta presionado o interprete mal el mensaje".
Se revuelve un momento en el asiento y se asegura que nadie tiene puesto el oído: "Encima tenemos un Gobierno que dice que hay que trabajar menos para vivir mejor. ¿Contra eso cómo se lucha? ¿Sabes nuestra mejor recompensa? Cuando muchos empleados se marchan, pasa el tiempo, vuelven a llamar a mi puerta y me confiesan que nadie les trata mejor que aquí, porque aquí mantenemos el mejor espíritu familiar, no somos una sociedad fría, impersonal y que solo mire el resultado. Por eso entristece que nos interesemos por un trabajador de baja y que en su casa crean que estamos presionando. ¡No, hombre, no! Nos interesamos porque es lo que hacían mi padre y mi abuelo. Somos el demonio. Un demonio débil y amenazado".
También te puede interesar