¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Las elites, 5.000 años de fracaso
TAL es su fracaso, como señalan algunos, que los españoles no sabemos muy bien ni cómo escribir la palabra. La RAE nos dice que sin tilde, pero los ritmos secretos de la lengua española nos piden una esdrújula con un acento rotundo en su primera vocal. El inolvidable don Carlos Álvarez Santaló, en sus clases sobre las mentalidades del Antiguo Régimen, la pronunciaba a la francesa, “las elittttttsss”, mientras fumaba un cigarrillo tras otro con el donaire algo teatral de una mujer fatal. Las elites, independientemente de la musicalidad con la que se pronuncie la palabra, han sido históricamente un auténtico tocomocho. Ahora, la moda es hablar contra el populismo y sus mentiras. Y no será aquí donde se reivindique a los tahures que se aprovechan de las bajas pasiones del gran populacho al que pertenecemos todos (sin excepción), pero si en algo han acertado algunos de los alumnos aventajados de Ernesto Laclau es en su crítica a unas elites que históricamente se han preocupado más de su medro que del servicio público. Paul Preston, historiador de grandes sesgos, en su libro Un pueblo traicionado, arremete contras las elites españolas, a las que considera extractivas y muy por debajo de la ciudadanía gobernada. El tufo romántico es demasiado evidente. ¿O no se pueden impugnar también unas élites europeas y americanas culpables del colonialismo, la explotación más atroz de la infancia o el estallido de la carnicería llamada Gran Guerra? Spain is not different, don Paul.
Los recientes descubrimientos del caso Epstein nos dibujan unas elites globales más homogéneas de lo que muchos piensan. Siempre ha sido así. La multiculturalidad, como bien vieron los folcloristas del XIX, reside en el pueblo, no en unas aristocracias que históricamente han tendido a la homogeneidad. Un conde ruso de finales del XVIII compartía los mismos códigos y modas que un marqués de Milán, incluso un mismo idioma: el francés. Es fascinante ver cómo los grandes poderosos siempre van acompañados de su leyenda satánica, sus cuartos oscuros, sus orgías y su canibalismo, desde los Templarios a Sade, pasando por el príncipe Andrés. Y es fascinante también observar cómo en las redes de Epstein no solo figuran mandatarios y plutócratas, sino también intelectuales de progreso y activistas de la democracia: Hillary y Bill Clinton, Bill Gates, Michael Jackson, David Copperfield, Stephen Hawking, Mick Jagger, Naomi Campbell, DiCaprio, ¡Noam Chomsky!... ¿Desolador? No, la normalidad. Las elites llevan fracasando 5.000 años.
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