¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
De quemar el sostén a colocarse el burka
A los sevillanos nos han dejado de reprochar que somos indolentes y conformistas para imputarnos que procrastinamos de forma continua. Es la expresión de moda para ponernos de vuelta y media en versión fina. La verdad es que uno lee la definición del verbo y nos encaja como un marco: "Procrastinar es el hábito de postergar o aplazar intencionadamente tareas, obligaciones o decisiones importantes, sustituyéndolas por actividades más irrelevantes, placenteras o sencillas". Así nos va en tantas ocasiones. Sevilla aparece muchas veces como la ciudad perfecta para quedarse quieto, no hacer nada, no mojarse en nada y ver pasar las horas en su particular estado del bienestar. De pronto te encuentras en la calle Tetuán con alguno de esos sevillanos que se mueven y te sorprenden por su proactividad, contraria absolutamente a la procrastinación. Rosauro Varo ha tenido un arranque de año en el que ha dejado sus cargos en Telefónica para, entre otras muchas cosas, centrarse en su empresa de inversión privada (GAT). Sigue siendo, por supuesto, uno de los mayores accionistas de la multinacional de las telecomunicaciones, como de Cabify. Continúa con los proyectos en Zahara, donde levanta una promoción de 165 viviendas, y en la Costa del Sol, con el complejo de más de 30.000 metros cuadrados. Y sigue con proyectos de hostelería en Málaga y en Sevilla, donde está vinculado al restaurante Río Grande y al Hotel Lobby de la calle Reyes Católicos. En enero se metió a crear la Fundación Andalucía 27 para que la región tenga mayor fuerza en Madrid. Y ahora ha sido propuesto por el rector de la Universidad Pablo de Olavide para formar parte del Consejo Económico y Social, la institución donde ha dado clases en el Máster de Finanzas y Banca y donde tantas veces ha explicado a los jóvenes en qué consiste ser emprendedor.
Este Varo rompe la regla de la procrastinación que tanto nos lastra. Cuando la mayoría sale de los cargos más altos y no se vuelve a saber de ellos, no dejamos de saber de las nuevas iniciativas de Rosauro. Inquieto, con nervio, siempre en tensión como el futbolista que está dispuesto a rematar el córner. Con tanta novedad sobre sus proyectos, le dijimos alto y claro que lo suyo no es relajarse en "la zona de confort". El caso es que mantiene el carácter productivo y la misma sonrisa que cuando lo conocimos hace veinticinco años en un cumpleaños en Trifón. Las alturas de Madrid, donde el elenco de sevillanos que brillan es muy reducido, nunca le han privado de disfrutar de las visitas privadas a su Hermandad del Amor, ni de recibir el abrazo de los trabajadores del restaurante al que acude desde muy joven, o los saludos de muchos paisanos que lo obligan a pararse más que el C-2. Caminar con Rosauro por Tetuán es arriar la charla más que un paso de palio. Ni Telefónica, ni las altas cúpulas capitalinas, ¡qué entusiasmo ahora por estar vinculado a su querida Universidad Pablo de Olavide! Este Rosauro se debe decir a sí mismo cada mañana como el capataz a los costaleros: "¡Hay que seguir, hay que seguir!".
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