¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
De quemar el sostén a colocarse el burka
DESCONCIERTA esta izquierda de la izquierda (a la que si el periodismo mainstream tuviese un mínimo sentido de la simetría llamaría ultraizquierda). Y no nos referimos al juego de la sillita de estos días para ver quién será el o la Mahoma que unifique a las tribus dispersas en el desierto postcomunista. Nos referimos más bien a las cuestiones ideológicas. A la hiperizquierda la hemos visto ser antiglobalizadora y lo contrario; enemiga de la deslocalización de las industrias y, ahora, crítica con las políticas arancelarias y la renacionalización; libertaria con los suyos y canceladora con el prójimo; universalista y localista; anticlerical y papista franciscana; defensora de la “memoria histórica” y olvidadiza con ETA, pacifista y guerrillera... Y ahora defiende el Burka. Marx se equivocó al hablar de las contradicciones del capitalismo y no profetizar las de sus nietos políticos.
No hace tanto, el feminismo, que fue la única fuerza verdaderamente transformadora y liberadora de una izquierda colonizada por el marxismo, se autoafirmaba quemando los sujetadores (“llámalo sostén”, decía el cantante) con los que el patriarcado oprimía sus pechos y derechos. Aquello no duró demasiado, porque las mujeres, que son casi igual de coquetas que los hombres, comprendieron las bondades anatómico-estéticas-eróticas de una prenda que oprime a los poderosos y sostiene a los débiles. De aquel desnudarse emancipador, la izquierda ha pasado a colocarse el burka, a defender el total ocultamiento del cuerpo femenino esgrimiendo razones de libertad.
Prohibir cualquier cosa –el burka o el Cara al Sol– debería estar prohibido mientras no afecte a la seguridad y libertad de los demás. A Esquilache, ministro de progreso con el que Carlos III quiso acelerar las luces, le costó el cargo y casi la vida intentar prohibir las capas largas y los sombreros de alas generosas con los que los españoles nos embozábamos por los callejones pestilentes del reino. En Vejer aun se guarda memoria de las “cobijadas”, que vestían una especie de burka hispánico que estuvo extendido por toda la Monarquía y que algunos historiadores interpretan como una prenda que protegía a la mujer del control heteropatriarcal. Como se suele decir ahora, es un tema complejo este del burka. Tanto veneno puede haber en su prohibición como en su tolerancia. Se puede usar por tradición, religiosidad, estrategia, imposición, miedo... Lo que hay que garantizar, en cualquier caso, es que se use por voluntad propia y no por la coacción de un imán. Algo difícil, porque nos mete en la intimidad de los hogares, como algunos están deseando.
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