La aldaba
Carlos Navarro Antolín
El tiempo del descaro
España es un país con la red ferroviaria en general y la Alta Velocidad en particular hechas unos zorros, pero con los sindicatos enmudecidos. Debe ser que la cuaresma convierte a nuestros líderes sindicales en silenciosos penitentes que solo recuperan el habla para vender el nuevo Salario Mínimo Interprofesional, pero de los cientos de maquinistas y los miles de viajeros, como también de los miles de médicos que exigen un estatuto propio, ni una llamada a la movilización. Una lástima para quienes creen de buena fe que los sindicatos son instrumentos necesarios en el diálogo social en un marco democrático de derechos y libertades. Habría que cantarles aquello de las manifestaciones:“¿Dónde están? ¡No se ven!”. Nos hemos acostumbrado a que el AVE de Madrid a Sevilla tarde cuatro horas en realizar el trayecto. Consideramos un logro que, al menos, el convoy no se haya detenido en ningún momento. ¡Eureka! Digerimos las chapuzas la mar de bien, nos conformamos con poco, tiramos de buen humor o nos resignamos al coche o el autobús. Tiene difícil disculpa que se haya reventado un timbre de gloria de este país: los trenes. En otra situación, con otro gobierno, los sindicatos de clase se hubieran echado a la calle y a las redes sociales, no hubieran concedido una pizca de indulgencia al Ejecutivo, hubieran clamado con semejantes cifras de fallecidos y las sucesivas tragedias.
Pero hay un ambiente balsámico, se oye el gorjeo y trinar de los pájaros y una música celestial de paz. No hay concentraciones al Ángelus en las puertas de las sedes oficiales, no hay proclamas (“tenemos derecho a un Gobierno que diga la verdad”) que exijan un ferrocarril seguro, no difunden la cifra de perjudicados ni del negocio no realizado por tantos días sin conexión entre las capitales, no se está al lado de las provincias peor conectadas y que ni aspiran a corto plazo a tener un AVE, no vemos que se ponga el grito en el cielo por la seguridad de los trabajadores. Sí presenciamos a los líderes sindicales de risas y celebraciones con el Gobierno, así como demonizando el trabajo al presentarlo siempre como una carga pesada de la que el ciudadano se debe despojar cuanto antes. No hay recato en promocionar que el éxito es no trabajar. En Adamuz hubo 46 muertos, que son los nuestros. Pero no se alzó la voz. Eran trabajadores y estudiantes, gente como cualquiera de nosotros. Pero hay quienes no salieron a la calle, se colocaron de perfil. Hay silencios sostenidos en el tiempo que son retratos precisos de la indignidad. No guardan ya ni el más mínimo decoro. Son los tiempos del descaro. Hasta un tal Óscar López, mente preclara de la política del siglo XXI, le falta el respeto a un difunto.
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