RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

De camarero en Londres

31 de mayo 2010 - 01:00

SI esto va a seguir así hasta que se convoquen elecciones, si va a perseverar el partido de ping-pong machacón, alguno irá pensando en cambiar de país. Si nos quedan dos años de esta farsa, un buen puñado de meses sin dólares -sin euros- de una visión política de Estado, habrá que ir calibrando la posibilidad de mudarse de Estado. Muchos lo están haciendo, pero no únicamente en busca de mejores miradas laborales: también la gente ya comienza a estar cansada de este tira y afloja sin sentido, interesado y meramente orgánico, entre los dos partidos que organizan esta ciudad sin ley. Quienes no tienen demasiadas ataduras aquí -hijos, hipotecas, ni tampoco un proyecto de lo mismo- van como un goteo cogiendo las maletas y yéndose a otro sitio a trabajar, a aprender el idioma y además a convivir en otra sociedad con una vida pública más alta, aunque desde aquí parezca que la medianía es general. El plan es el mejor: de camarero en Londres, de vendedor de hamburguesas en París. Whitechapel o Montmartre, la verdad que es lo mismo: se trata de escapar del lodazal que sobre todo arrastra una herrumbre moral, una visión del mundo sin mayor horizonte que la mediocridad. Qué más da encontrarse con el fantasma de Jack El Destripador entre la niebla del anochecer, que con la sombra erguida de Verlaine apurando el vapor glauco y salvaje de la primera absenta de la tarde: el caso es escapar de esta molicie, de la falsa calima de este bipartidismo que no sabe mirar más allá de su propio vapuleo periódico.

De camarero en Londres. De pintor en París, pero de brocha gorda si es preciso: cualquier destino es bueno, cualquier destino es mejor. Ya es significativo, para esta juventud que no ha pasado aún de los 40, para empezar, que se siga llamando juventud; para acabar, que se encuentre en situación de coger el petate y retirarse, porque no hay ataduras no morales ni físicas, ni la familia ni el techo en propiedad. Si todo esto consistiera en una decisión ética, o hasta ideológica, heredera de credos anteriores, de cierto dinamismo y libertad, desterrados los convencionalismos de la organización católica de los afectos carnales y emotivos, sería otra situación. Pero resulta que la gente no se ha vuelto nómada por serlo, ni rechaza la casa hipotecada por una aspiración de ligereza, ni deja de formar una familia por no creer ya lo suficiente en el parámetro pequeño burgués. El drama es que no pueden elegir, que muchos, a estas alturas, no pueden elegir lo que probablemente desearían: esa normalidad. La vida -la crisis, esta aridez política- les ha ido convenciendo de que cualquier frontera es mejor que todo este terrizo. Este exilio económico conlleva una sociedad artrítica: sin ilusiones, sin iniciativas. Sin su mejor juventud.

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