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Alberto Marina Castillo

Carmen

06 de febrero 2025 - 03:07

De entre las pocas certezas que a estas alturas barajo hay una que suelo repetirles a mis estudiantes: abruma que siendo tan exuberante el repertorio de palabras que nos regala el latín –casi todas ellas, por otra parte, asumidas con naturalidad e inconscientemente por los hablantes de una lengua romance– echemos mano a diario y hasta abusemos de la más horrísona de todas: curriculum, tan asumida que puede emplearse así en cursiva, pero también en redonda y con tilde –“currículum”– a medio camino de la definitivamente malsonante “currículo”, triplicándose así las opciones para mortificar nuestros oídos. Imaginen por un momento qué cambio drástico y a mejor experimentaría el mundo si donde dice curriculum leyéramos, por ejemplo, carmen. Hay que distinguir aquí –indica el Corominas– dos palabras homógrafas: la de origen árabe que significa “quinta con huerto y jardín”, y el cultismo de origen latino que se refiere al “verso o composición poética”. Acepciones evocadoras que en nuestro caso se adhieren a rostros bien queridos: es el nombre de mi madre, antes que nada, y luego el de mi tata, pero también el de una profesora de mi guardería o kindergarten (término admitido ya por la RAE, y que nos lleva de nuevo al jardín) de la que yo decía estar enamorado... Pero hoy me acuerdo de Carmen Martínez, nuestra profesora de latín en el instituto Luca de Tena. Escribo “nuestra” con mano temblona porque al decirlo conjuro, junto a la suya, la presencia y el cariño de tantos estudiantes, mis amigos del instituto pero también los que nos precedieron y los pipiolos que vinieron después... Y el posesivo es recíproco y reversible: ante todo fuimos, somos sus discípulos. A estas figuras tan determinantes en nuestras vidas ya dedicó en estas páginas Carlos Colón un conmovedor Homenaje a los maestros. Después de eso a mí sólo me queda recordar algunos momentos vividos con ella, y de ese tesoro rescato una imagen: la estoy viendo, elegantísima en primera fila, desde el improvisado escenario en el gimnasio del instituto donde aporreo la guitarra con estudiada pose yeyé, en uno de esos conciertos que sólo profesoras tan aguerridas y generosas como ella hacían posible en atrevidas programaciones culturales. Estoy convencido de que su semblante no habría sido otro si, en lugar de Los Infusos (así bautizados por Guille, bajista genial, porque jamás ensayamos un solo minuto aquella como música que parecía poseernos) hubiera tenido delante a la mismísima Maria João Pires. Yo iba para biólogo, pero grandes profesoras “de letras” (en mi caso, Carmen y la no menos legendaria y querida Pepa Acosta) despertaron en mí y alentaron el entusiasmo humanístico. Y todavía hoy, rozando los cincuenta tacos, no hay trabajo que meta en máquinas, como dicen los impresores, ya sea la traducción de un poeta romano, un sesudo artículo sobre las aves parlantes en la Antigüedad o, sin ir más lejos, este breve y volandero homenaje, que no me haga preguntarme: “¿le gustará a ella?”.

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