¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La nueva muerte de Pemán
ES absurdo rasgarse las vestiduras por la expulsión de Nicolás Redondo del PSOE. El político vasco se lo había buscado. Es lo que tiene tomar el camino de la dignidad. Dentro se queda su paisano Patxi López, el hombre al que el PP hizo lehendakari para que desaprovechase una oportunidad histórica de descabalgar definitivamente al nacionalismo del poder en el País Vasco. López se ha convertido en el paradigma del político palmero, fiel siempre al líder, el ejemplo del orujo moral al que quedan reducidos todos los militantes de los partidos después de años de tragacionismo.
Lo de menos es la expulsión de Nicolás Redondo. Lo verdaderamente importante es ese ruido de fondo que crece y crece en contra de una ley de amnistía que supondría poner fin definitivamente a la Pax del 78, humillar a nuestro poder judicial y vulnerar de una manera sangrante la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Sánchez creía que, después de sus resultados del 23-J –mucho más mediocres de lo que se empeña en proclamar–, después de ver cómo centenares de miles de españoles habían tragado con sus pactos con los filoetarras y los independentistas de ERC, podía llevar a buen puerto una ley de amnistía que, al menos para sus socios de Sumar, no sólo era una manera de perpetuarse en el poder, sino una “oportunidad” (así lo dijo Yolanda Díaz) de desmontar la nación española para convertirla en un mosaico de principados, condados y señoríos. Sin embargo, la contestación está creciendo día a día. En las barras de los bares, en los micrófonos de las radios, en las tribunas de los periódicos. No se trata solo de dinosaurios (habrá que analizar algún día la explosión de gerontofobia que sufre la izquierda desde hace ya tiempo). Cada vez son más las voces de la izquierda que claman contra ponerse de hinojos ante Puigdemont. En algo ha ayudado el rubor experimentado al ver esa gran rectificación de los ministros socialistas que hace unos meses veían completamente inconstitucional una ley que ahora muestran como una inocente medida de reconciliación. No hay estómago político que aguante eso. Ya todos han comprendido que con el Tribunal Constitucional cautivo y desarmado (o desalmado) nos harán tragar con cualquier texto que cuente con el visto bueno del independentismo catalán.
No le pidamos a la Carta Magna más de lo que nos puede dar. La ley de amnistía es indecente per se, porque borra el pecado de los que no hacen propósito de enmienda, porque va contra todo lo que han construido los ciudadanos en los últimos tiempos. Y esa idea va corriendo como la pólvora por las calles y plazas de España. El clamor crece. Y no va a parar.
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