Cuba, del capitalismo al capitalismo

Estampa cubana.
Estampa cubana.

17 de febrero 2026 - 05:30

FUE una mente brillante la que dijo que “el socialismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo”. Y el más penoso y cruel, habría que añadir. Cuba es la prueba.

Se suele pensar que la revolución cubana, uno de los mitos tóxicos más persistentes de la paleoprogresía europea, fue consecuencia de la injusticia social, lo cual es incierto. La llamada por los españoles de rayadillo “perla del caribe” era un país relativamente próspero cuando, el 1 enero de 1959, los guerrilleros de Sierra Maestra entraron en la Habana, inaugurando una recia iconografía de uniformes verde oliva, barbas selváticas, gafas de pasta y desmesurados habanos fálicos. La revolución cubana fue, sobre todo, una reacción nacionalista de jóvenes burgueses a una dictadura política, la de Fulgencio Batista, y al intervencionismo norteamericano. La dependencia de EEUU es (y seguirá siendo) el pecado original de la independencia de la última de las grandes posesiones antillanas de España. Como en cierta ocasión dijo un cubano exiliado: “estábamos hartos de ver mear a los yankis en la estatua de Martí”. Por cierto, que José Martí, santón laico de la independencia cubana y poeta nacional manipulado hasta la náusea por el aparato cultural-represivo del castrismo, fue, según la profesora Mercedes Comellas, uno de los pioneros en la cancelación como arma literaria. En su caso, se encargó de enviar al frío ostracismo a doña Gertrudis Gómez de Avellaneda.

El pasado 1 de enero se cumplieron 67 años de la revolución cubana, que tantas esperanzas y novelerías provocó en la izquierda de occidente (y también en algún santón de la derechona hispana). Habría que hacer una investigación de cómo la revolución convirtió a Cuba en una suerte de isla de Epstein para la progresía europea, el lugar a donde alcaldes gárrulos, escritorzuelos comprometidos e ideólogos de clase iban a darse baños de revolución y sexo jinetero.

El sueño del castrismo se fue a pique con la caída del muro, aunque logró alargar la agonía unos años gracias al petróleo chavista. Pero se acabó. Las imágenes de miseria que llegan de la isla desgarran el corazón, en especial a los que consideramos a los cubanos como hermanos de madre. En breve veremos a los gringos volver a mearse en la estatua de Martí. El capitalismo, probablemente en su versión más salvaje, regresará a un país mucho más pobre y humillado que cuando se marchó. Y no será el culpable Trump, sino la revolución cubana y sus cómplices. Un camino demasiado largo y cruel para nada.

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