La ciudad y los días
Carlos Colón
Sobre el analfabetismo religioso
Yqué más da que el Metrocentro vaya para arriba y para abajo con su rojo sombrerito de ala ancha? No se sofoquen. Tengan en cuenta el parque temático que atraviesa: la Avenida que empieza en una tienda de salchichas alemanas (ex Filella), sigue por la franquicia de una cadena de seudocafeterías americanas (ex Punta del Diamante), pasa por el museo gótico (ex Catedral), rebasa el Archivo de Indias frente al que suele taconear una señora sobre un tablao portátil, otro local de la franquicia de seudocafeterías americanas y la cáscara del Coliseo España (ex cine y teatro) para atravesar la Puerta de Ikea (ex Puerta de Jerez) y enfilar la calle San Fernando por la que ya no pasan ni cigarreras ni casi estudiantes. Todo rebosante de simpáticos turistas cuya presión sobre una ciudad al parecer carente de ordenaciones y reglamentos ha convertido todo el entorno de la ex Catedral, desde la Avenida hasta Santa María la Blanca pasando por Mateos Gago y Santa Cruz, en una gigantesca terraza de bar y tienda de camisetas.
Podían haberle puesto bata de cola arrastrando al último vagón para así rematar el sombrero con el que tan graciosamente se cubre el primero. Lo mismo da. Difícilmente se puede empeorar lo que se ha hecho con este hermoso trozo de Sevilla desde el mandato de Rojas Marcos al de Zoido pasando por el de Monteseirín. Se peatonalizó la Avenida, sí. Pero lo que no podíamos sospechar es que el ansiado proyecto se llevara a cabo con los bárbaros modos con que se hizo en niveles, pavimentos y arbolado. Se quitó el tráfico como se le arrancaban las vísceras a los faraones para momificarlos. Quedó un liso, abrasador, áspero, franquiciado, desolado y momificado desierto gris que en invierno parece la triste arteria de una ciudad de más allá del telón de acero en los años 50 y en nuestro largo verano, el yunque del sol que atravesó Lawrence para llegar a Akaba.
Pase pues el Metrocentro con su sombrerito, ¿qué más da? Estamos curados de espanto. Y quienes aún no lo están, y se indignan, demuestran una ceguera deplorable o un optimismo envidiable. ¿Se creen todavía aquello del mejor cahíz de tierra del mundo? Luis Cernuda recordaba así este trozo privilegiado de Sevilla: "Ver otra vez el cielo hondo / a lo lejos la torre esbelta / tal flor de luz sobre las palmas / las cosas todas siempre bellas". Pues no, don Luis, las cosas todas no siempre se preservan bellas.
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