Por Derecho

Martín / Serrano

El debate que viene

LA polémica sobre las calles sirve de excusa para reflexionar acerca de la presencia de la religión, que al fin y al cabo eso son las hermandades, en el espacio público. No parece que nadie en su sano juicio se haya planteado eliminar el nombre de Sor Ángela del callejero sevillano, al que se incorporó por decisión de un Ayuntamiento republicano no precisamente proclive a fomentar el hecho religioso. Nos dicen además que la propuesta mira al futuro y no al pasado, que nada se quiere suprimir sino fomentar las rotulaciones laicas. El debate posee más hondo calado y recorrido que el que indica esta primera escaramuza. Puede que llegue el día en el que se discuta sobre la existencia y control de la carrera oficial, sobre la exigencia de autorizar las procesiones por la autoridad o sobre la conveniencia de exigirles un pago por el uso de los servicios públicos. En todo caso, la apertura de este debate ha creado confrontación en un momento en el que se precisa más que nunca hallar puntos de encuentro y un ámbito para la convivencia. Se debe abandonar el apasionamiento y proceder al análisis sereno de los argumentos de cada parte. Para ello, reclamo, porque no parece existir, una reflexión sólida y pública de quienes están obligados a ella en razón de su cargo, ya que, no se engañen, ése es el verdadero problema que nos traerá el futuro, no el orden de la carrera oficial.

Y en lo que toca al callejero, personalmente he estado siempre en contra de la sustitución de los nombres de las calles con motivos cofradieros, no por desafecto sino en defensa de la historia de la ciudad. Ahora bien, en los últimos años, los cambios ha sido fruto de la presión popular o del deseo de identificarse con el pueblo. Lo que es imposible negar es que, de San Marcos a Santa Ana, de San Clemente a la Cruz del Campo, la urdimbre de la Sevilla manifiesta su íntima relación con el hecho religioso y eso, para bien o para mal, no se puede suprimir por mucho que se intente. Y cierro. Quienes reivindican la participación directa del pueblo en la toma de decisiones, ¿defenderán que el callejero quede en manos de los vecinos? Ni el laicismo debe imponerse desde arriba.

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