Las enseñanzas de ‘Doctor Zhivago’

Solemos tener la falsa idea de que la llamada Revolución de Octubre fue algo breve y épico

Zhivago y Lara, en el hospital de campaña.
Zhivago y Lara, en el hospital de campaña. / DS

22 de diciembre 2022 - 00:01

SOY de los que el pasado lunes se sentó delante de la televisión para ver, una vez más, Doctor Zhivago, la gran película de David Lean basada en la novela homónima de Boris Pasternak. Pocas películas como esta: grandes pasiones amorosas, historia, anticomunismo, reivindicación de la hombría, mujeres valerosas, hermosos paisajes, los últimos combates de la caballería, elogio de la retirada vida... y todo con una encomiable falta de sectarismo. Zhivago la deberían poner en los colegios para enseñarle a los niños en qué quedan todas esas utopías que hoy han vuelto a ponerse de moda. También que el deseo y la incertidumbre, como escribió Julio Martínez, son el núcleo del corazón humano.

Doctor Zhivago está ambientada en la Rusia del primer tercio del siglo XX, en los años en que el golpe bolchevique contra la incipiente y problemática democracia rusa desembocó en una sangrienta guerra civil. Solemos tener la falsa idea de que la llamada Revolución de Octubre fue algo breve y épico, un rápido y contundente asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo. Sin embargo, fue un proceso mucho más tortuoso, lento y sangriento. Algunos, también, nos hacen la trampa de contraponer a un Lenin bueno y revolucionario frente a un Stalin satánico y totalitario. Un espejismo para lerdos. Hoy sabemos que, bajo la jefatura de Vladímir Ilich Uliánov, más de un millón de personas fueron asesinadas por motivos religiosos y políticos, que se sometió a pueblos como el cosaco, el tártaro o el kazajo a auténticos genocidios, que se multiplicó considerablemente el aparato represor del zarismo, que se condenó al hambre a amplias capas de la población... en definitiva, que el venerado Lenin logró montar el infierno en la tierra. Hablar del leninismo con admiración es similar a hacerlo del nazismo.

Doctor Zhivago, decíamos, es una película que debería pasarse en los colegios, porque es una bellísima y emocionante obra de arte que nos recuerda el gran papel que, desde el siglo XIX, ha desempeñado Rusia en nuestra cultura; y porque contiene suculentas lecciones políticas y morales que no le vendrían mal a los más jóvenes en los tiempos que se avecinan. Zhivago es un hombre que consigue sobrevivir en una hora del mundo terrible, pero no lo hace, como tantos, gracias a la abyección, sino a la bonhomía, a su fe en las personas y en el arte. La vida le termina recompensando y, aunque murió solo y con la mueca dolorida del infartado, lo pudo hacer al aire libre, un día de sol y contemplando la espalda de la que creía su amada Lara.

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