¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La ‘espantá’ de Uclés
LOS aficionados a la esgrima de la historia cultural suelen debatir si fue Voltaire o Zola quien inventó la figura del intelectual, elemento clave en la forja de la opinión pública durante la recién fallecida contemporaneidad (por raro que parezca, la Edad Contemporánea ya es pasado). No nos meteremos en semejante bosque, pero sí diremos que no nos cabe la menor duda de que personajes como David Uclés son hoy el cómico final, la parodia última, de la intelectualidad, término un tanto enojoso y afrancesado (los británicos, siempre tan sanos para estas cosas, se mofan de él), que agrupó en sus momentos más álgidos a personajes tan dispares y encontrados como Camus o Sartre. Y se preguntará el lector, si es que lo hubiese, que a qué viene este zurriagazo a Uclés, el chico sensible y simpático de la boina (prenda honrada y española donde las haya) que, además, se ha convertido en un auténtico fenómeno editorial con su novela La península de las casas vacías y en flamante premio Nadal con La ciudad de las luces muertas (poco ha tardado el moralista en entrar en el compadreo de los premios literarios mainstream). Pues viene a su espantá del ciclo 1936: La guerra que todos perdimos, organizado por la Fundación Cajasol y que se celebrará entre el 2 y el 5 de febrero en los confortables salones de dicha institución (entrada libre). Para justificar su ausencia después haber confirmado su presencia, Uclés alega, principalmente, dos causas: el título de las jornadas y la presencia en las mismas de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros.
Empecemos por la segunda: renunciar a un evento con el argumento de que también va un ex presidente del Gobierno elegido en su día por los ciudadanos y que, independientemente de las alegaciones que se le puedan hacer a su gestión, siempre ha sido un liberal-conservador irreprochable, da una idea del sectarismo de esta nueva progresía de la que Uclés es reconocido portavoz. Él mismo se retrata y poco más hay que comentar. Y sigamos por la primera: todo es criticable, pero intentar erigirse en el gran impugnador del título de unas jornadas sobre un acontecimiento histórico al que no han puesto reparos insalvables algunos de los mejores historiadores españoles (Fusi, Casanova, Álvarez Tardío o Del Rey), es un ejercicio de soberbia e ignorancia que deja al escritor en muy mal lugar. Nuestra opinión es que la guerra no la ganamos ni la perdimos ninguno de los vivos, pero comprendemos la intención fraterna y conciliadora de los organizadores. Uclés, al parecer, no. Él prefiere seguir con el raca-raca de su memoria, la polarización y el rencor. Que le aproveche al último intelectual.
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