¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La ‘espantá’ de Uclés
Al margen de los antecedentes, tan difusos como sus planteamientos, se ha apuntado que el nacimiento del existencialismo habría tenido lugar el día, poco antes de la llegada al poder de los nazis, en que Raymond Aron, un antiguo condiscípulo llegado de Berlín, les habló a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir de su descubrimiento de la fenomenología, aduciendo que los propios cócteles que estaban tomando podrían servir como objeto de estudio. Los tres veinteañeros se entusiasmaron con la idea de prescindir de las teorías abstractas para ir “a las cosas mismas”, formulación tomada de Husserl –y adaptada entre nosotros por Ortega– que se convertiría casi en grito de guerra. Del profesor moravo, maestro repudiado de Heidegger, aprendieron a desconfiar de las especulaciones intelectuales para dirigir la mirada a la experiencia: “Mi vida y mi filosofía –anotaría Sartre en su diario– son una y la misma cosa”. Era lo que la joven Iris Murdoch, que pasó un periodo de fervor existencialista en el que llegó a escribir un libro sobre el admirado autor de La náusea, llamó “una filosofía habitada”. Junto a la insistencia en la responsabilidad individual, ajena a la tutela o la sanción de cualquier autoridad, el existencialismo defendía la libertad –ejercida a través de la cadena de elecciones constantes que implica vivir de una manera auténtica– como el rasgo más específicamente humano. El precio a pagar era la angustia, esa ansiedad de la que ya habló Kierkegaard –gran precursor, junto a Nietzsche– y cuyos efectos desmienten la imagen caricaturesca del pensador atormentado. La moda, de hecho, pues lo fue, apuntaba más bien a una resolución compatible con el apasionamiento y su notorio éxito en los cuarenta se debió a que la escuela proponía no sólo una novedosa forma de pensar, sino también o sobre todo un modo de vida asociado a las relaciones abiertas, el mundo de los cafés o los clubes nocturnos –las cavas, el jazz– y una actitud de rebeldía e inconformismo frente al orden establecido, extensible incluso al atuendo. París y el círculo de Sartre y Beauvoir, que incluía a otros carismáticos personajes como Camus o Merleau-Ponty, ocuparon el centro, desplazando a un Heidegger estigmatizado por sus veleidades totalitarias, de las que tampoco se vería libre el mismo Sartre. Pocos lectores no académicos se interesan hoy por el existencialismo, pero queda su reflejo en la cultura de aquellos años, tan sombríos, y una idea de la autenticidad que sigue siendo inspiradora.
También te puede interesar