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Relatos de verano

César Romero

La estatua ecuestre (5)

Después de la retirada de la estatua ecuestre del dictador anterior jefe del Estado de la plaza mayor de una capital del sur de España en 2006 y la incendiaria pieza del columnista más afamado de la villa, el periódico rival encarga al más prometedor periodista local, redactor suyo, una columna que contrarreste el revuelo creado. En un Pleno interrumpido por las asociaciones de memoria histórica, el alcalde recuerda emocionado a su padre y explica los motivos por los que no quiso retirarla antes.

MI padre, como tantos hombres y mujeres de su edad, se vio implicado en una guerra que ni le iba ni le venía. Vio muchas cosas, cosas que pasaron ante sus ojos sin que él las pretendiera ver o las buscara.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell / Rosell

Asesinatos, paseos, injusticias de todo cariz. Vio cómo mataban a un vecino porque no saludó a otro en la escalera un lejano día. Vio mujeres rapadas y violentadas que, pese al sufrimiento, sólo imploraban un vaso de agua. Y luego, como tantos, tuvo que ver a los miembros de las cuadrillas que señalaban y paseaban y daban palizas, durante cuarenta largos años. Quizá tuvo que trabajar con alguno. Pero nada más. Porque no crean que son los únicos justicieros. Mi padre, y otros como él, hicieron la pequeña justicia que le es dada hacer a un hombre en casos así: jamás se sentó a una mesa donde estuviera uno de aquellos tipos, ni le dio conversación, si acaso lumbre, y por educación. Pero jamás, jamás, quiso contarme nada ni señalarme al asesino, mira ahí va fulanito, mató a veinte o treinta cuando entonces. Nunca quiso contarme, como tantos que nunca quisieron contar nada a sus hijos. Quizá porque sabían que así estarían sembrando la semilla del odio, no la de la curiosidad. A la curiosidad le sienta mejor el silencio. Quizá por eso callaron: para que no odiáramos pero también para que quisiéramos saber, y no olvidáramos. Sólo al final de su larga vida, cuando ya estaba en marcha esta campaña para retirar la estatua ecuestre y él yacía moribundo, habló.

¿Saben qué me dijo? Haces bien, hijo, haces bien. Si la quitas, todos se olvidarán. Dentro de una generación el nombre del dictador sonará a chino. Hay que mantener viva la memoria. Sin memoria no somos nada, hijo. Nada. No fuimos capaces de acabar con él antes, fuimos cobardes o temerosos, o no quisimos más sangre: no seamos ahora falsamente valientes. Déjalo ahí, hijo. Déjala, pese a quien pese. Eso dijo. ¿Saben una cosa? No he sido capaz de mantener mi palabra. De cumplir con mi padre.

La vibración del móvil en su bolsillo coincidió con el triste, abatido, desplome del alcalde en su sillón. Ni su bancada ni la última del Salón supo qué hacer. Se miraron unos a otros, inquiriéndose si aplaudir, si gritar, si callar. El alcalde desbloqueó el teléfono y leyó: Martita en casa, duerme, Bs.

¿Alcaldada o la cal dada?

El cronista estaba sentado en una de las bancadas del Salón de Plenos Perdidos, lejos de la última, entregada a la periquera, que es el idioma de la masa cuando habla con la boca y no con la mano, pues en este caso su idioma es la democracia (siempre que empuñe papeletas, claro). Dormitaba, cual funcionario municipal, y no es tópico, pues el secretario daba cabezadas sin disimulo. Contemplaba los retratos de los próceres decimonónicos, con sus largos bigotes y barbas y sus uniformes deslustrados, cuando el señor alcalde quiso sacar del sopor a este cronista y a toda la concurrencia.

Hay que decirlo pronto, antes de que se acabe la media con manteca (colorá, añadiría el cronista castizo) o prefiera pasar la página desde la que el juego de palabras del título le ha llamado la atención:

probablemente el alcalde diera ayer el discurso de su vida. Nunca volverá a pronunciar palabas más llenas de pasión y de verdad. Y de conocimiento. Porque sí, el conocimiento la pasión no quita, como dijo aquel poeta. Al cronista empiezan a ruborizarle tantos elogios, pero a mí, que llevo sobre mis espaldas al pesado cronista desde hace años y aún, Dios lo quiera (¿o debo decir dios, amigo Bullón?), he de llevarlo algunos más, no me pesa tanta alabanza sino lo contrario.

Estuvo sembrado. Dio un discurso enorme. En los principios y en el ejemplo. En los principios, al defender la que ha sido su postura durante todos estos años en torno a la tan traída y ahora más bien llevada Estatua Ecuestre (ya que el asunto se ha puesto mayúsculo, démosle ese tratamiento) y su cambio de postura para evitar males mayores. Lo que en buen derecho se llama estado de necesidad, que lo ha forzado a actuar así y ahora algunos aprovechan para escribir denuestos en sus renglones torcidos, con sus plumas torticeras. En el ejemplo, al recordar las últimas palabras de su padre, la última voluntad de ese hombre de larga vida que su hijo, por el bien de la comunidad, ha traicionado en esta hora. Una traición que se antoja símbolo de lo que fue nuestra hasta hace poco admirada Transición. La que hicieron hombres como el padre del señor alcalde. Traicionemos la letra, sí, porque el espíritu sólo no lo traicionaremos…traicionándolo.

El cronista iba a criticar que el alcalde, en ese gesto sublimemente dictatorial que es la alcaldada, haya retirado con nocturnidad y premeditación, y una cuadrilla que algún día debería hablar, la Estatua Ecuestre que durante más de tres décadas presidió la principal de nuestras plazas cuando sólo la cabalgaba ya un cadáver, y en la mayoría de las ciudades equiparables a la nuestra yacían enmohecidas en almacenes municipales o presidían discretamente academias o acuartelamientos.

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