Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
LO he oído ya varias veces en las cenas de verano, a la hora en que refresca un poco y alguien abre una nueva botella de vino y todos nos ponemos melancólicos porque sabemos que se terminan las vacaciones y pronto tendremos que volver a la rutina de siempre: en septiembre llega el rescate de verdad. Lo dicen las personas que parecen mejor informadas, ésas que están en contacto con la gente que está en el ajo: "De septiembre no pasa. Habrá rescate". Es un hecho inminente e irrevocable. No hay nada que hacer.
Mientras oigo estas profecías, recuerdo la historia del festín de Baltasar que se narraba en la Biblia, cuando una mano de fuego escribió a medianoche, en la pared del palacio del rey de Babilonia, las palabras fatídicas que nadie entendía: "Mane, Tecel, Fares". Entregado a los banquetes y al placer, el rey Baltasar descuidaba la defensa de su reino, sin saber que el Ejército persa avanzaba a escondidas. El profeta Daniel advirtió al rey Baltasar del peligro e interpretó así las palabras escritas en la pared: "Dios ha contado los días de tu reino y se han terminado. Has sido pesado y no has dado el peso. Tu reino será dividido". Y así fue. El Ejército persa conquistó Babilonia y el rey Baltasar fue asesinado.
De niño, recuerdo que me aterrorizaba escuchar esa historia, e imaginaba el rostro estupefacto del rey Baltasar, medio borracho y rodeado de sus cortesanas, cuando veía la mano misteriosa que escribía esas palabras de fuego en la pared de su palacio. Rembrandt pintó esa escena de forma insuperable, porque el dorado de las letras fatídicas era el mismo dorado que resplandecía en las joyas y en las copas de oro del rey Baltasar y de sus cortesanas, y esa similitud simbolizaba que el poder se destruía a sí mismo por medio de los mismos signos externos que habían contribuido a mantenerlo, ya que la opulencia y la ociosidad acababan siendo los causantes de la ruina.
Me pregunto si hay algún aspecto de los infinitos asuntos que caben en la experiencia humana que no esté contado en los mitos de la Biblia. Para los niños de mi generación, que aprendíamos Historia Sagrada en el colegio, las palabras "Mane, Tecel, Fares" eran tan familiares como las instrucciones de uso de una Blackberry. Ahora, por supuesto, suenan a lo que son: un idioma extinguido. Pero esa historia nos enseñaba que todo poder llevaba implícito el germen de su destrucción, y que tarde o temprano a cualquier poderoso -ya fuera rey o dictador o financiero- le llegaba a medianoche el mensaje funesto en la pared. Y ahora, por lo que parece, nos ha llegado la hora de ver las letras doradas que anuncian la ruina. Hemos sido pesados y no hemos dado el peso. Y nuestro reino -o nuestro pequeño Estado de bienestar- será dividido.
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