la esquina

El futuro de los sindicatos

ESTE Primero de Mayo ha seguido la tónica de los anteriores: mientras más se agrava la crisis, menos trabajadores acuden a las manifestaciones anticrisis convocadas por los sindicatos. Desde hace años las movilizaciones del Día del Trabajo han venido menguando en participación. Se decía que sólo acudían los sindicalistas más concienciados. Ahora ni siquiera se llega a eso. Sólo van los dirigentes sindicales y una ínfima parte de las bases más combativas o azotadas por la ruina general.

Que con casi cinco millones de parados el 1 de Mayo tenga manifestaciones tan escuálidas a pesar de unos lemas de aceptación universal -por el empleo y contra los recortes sociales- merecería una reflexión de las cúpulas sindicales. Por desgracia, los mítines pronunciados sólo desprenden el mismo discurso gastado de siempre. Para los líderes de CCOO y UGT lo que se debe hacer es poner más impuestos y ampliar el gasto social. Es decir, la fórmula ideal para que el Estado vaya a la quiebra y nos impongan un drástico plan de rescate para cobrarnos las deudas que mantenemos con los bancos internacionales.

La pérdida de capacidad de movilización de las centrales sindicales coincide, al menos en Andalucía, con el ascenso de organizaciones sectoriales ajenas al sindicalismo tradicional en sectores tan influyentes como la educación, la sanidad y la Administración Pública. Las últimas elecciones sindicales han sido el test más significativo de este cambio. En educación ganó la CSIF frente a CCOO; en sanidad el sindicato profesional de enfermería (Satse) revalidó su hegemonía, desbancando la CSIF a UGT como segunda fuerza; los recientes comicios en la administración general de la Junta otorgaron la mayoría a Safja, una organización con pocos años de vida pero muy activa en las movilizaciones contra la reordenación del sector público, seguida igualmente por CSIF. Entre policías y bomberos se extiende la afiliación a agrupaciones profesionales.

Para los sindicatos de clase, se trata de sindicatos amarillos, corporativistas, sin visión de conjunto e ideológicamente conservadores. Para quienes los secundan de manera creciente, por el contrario, son instrumentos de defensa más adaptados a los parámetros de una sociedad compleja que el sindicalismo tradicional, que hoy aparece orientado de manera prioritaria a los intereses de la clase obrera industrial, atado de pies y manos por la generosa derrama de subvenciones públicas y un elemento más del sistema establecido que en los Primero de Mayo grita consignas que contradicen su apoyo continuado al poder político.

Si CCOO y UGT no se paran a repensar el papel del sindicalismo contemporáneo en esta sociedad globalizada y en crisis sistémica insólita pronto no quedará casi nadie detrás de la pancarta.

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