¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
Cuando J. C. N. Forestier accede en 1911 a dirigir la remodelación y ampliación de los jardines del Palacio de San Telmo -posterior Parque de María Luisa- con vistas a la Exposición Iberoamericana celebrada en 1929, añade al antiguo vergel glorietas que destilan reminiscencias andalusíes, con fuentes bajas, ladrillo y cerámica trianera. Ya fallecido el paisajista, se recrea una bella plazoleta en honor a los hermanos Machado en 1931, en periodos de turbulencia social que desembocarían en la proclamación de la II República.
La glorieta contiene una fuente central de mármol rosa sobre un mosaico, y tres bancos circulares con respaldos de hierro y asientos de la misma piedra con anaqueles para albergar libros. El contorno está delimitado por buganvillas y otras plantas trepadoras, elevándose alrededor tres magníficas araucarias australianas -Araucaria bidwillii- que abrazan el conjunto con sus espléndidas ramas, aunque un vetusto e inquietante cartel indique otra especie. Estos árboles de porte imponente pueden considerarse fósiles vivientes, pues formaban parte de extensos bosques meridionales hace millones de años, desarrollando piñas de varios kilos de peso con piñones consumidos antaño por aborígenes australianos; hermosas coníferas que, junto a un ejemplar enfrentado al Casino de la Exposición, dominan las alturas a la par que otras araucarias, eucaliptos y washingtonias, marcando desde su privilegiada posición la línea de cielo del parque y vigilando ensoñadoras puestas de sol...
"Fue una clara tarde, triste y soñolienta.../ tarde de verano. La hiedra asomaba/ al muro del parque, negra y polvorienta./ La fuente sonaba /.../ Fue esta misma tarde: mi cristal vertía/ como hoy sobre el mármol su monotonía./ ¿Recuerdas, hermano? Los mirtos talares/ que ves, sombreaban los claros cantares./.../ ¿Recuerdas, hermano?/ Fue esta misma lenta tarde de verano" (Antonio Machado).
Las traumáticas separaciones padecidas por la familia Machado durante la Guerra Civil podrían traslucir una ruptura entre hermanos, pero esa idea es una simple transgresión histórica. Cuando Antonio y la madre murieron y se apagaron los ecos del horror de la contienda, Manuel intentó repatriar sus restos, aunque sería en vano. Aún siguen en Collioure, representando el desapego de aquellos que evitan por intereses inciertos el descanso eterno a quienes transmitieron sus deseos de reposar en su tierra.
La paz que se percibe al penetrar en esta sugestiva glorieta es acorde con la conjunción de dos seres dispares, aunque armónicos, cuyas almas pueden volver a unirse en uno de los lugares más hermosos de la ciudad donde germinaron, arropados por majestuosos árboles que conectan con las estrellas...
"¡Jardín, jardín! ¿Qué tienes?/ ¡Tu soledad es tanta,/ que no deja poesía a su tristeza!/ ¡Llegando a ti, se muere la mirada!/ Cementerio sin tumbas.../ Ni una voz, ni recuerdos, ni esperanza./ ¡Jardín sin jardinero!/ ¡Viejo jardín,/ viejo jardín sin alma!" (Manuel Machado).
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