¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
Esta noche sonarán tres golpes de aldaba en el número 3 de la calle Alfonso XII, discreto revuelo en el interior de nazarenos recién vestidos en la planta alta de la casa de hermandad que salen a la calle para entrar en San Antonio Abad por la capilla de Jesús Nazareno. Sonarán como una esquila que anuncia la llegada de un nazareno del Valle pequeño, ancho y con un capirote puntiagudo. “Que no llegaba, que no llegaba, que no sabes cómo está la calle Laraña...” Manuel Palomino vivirá la hermosa transición de los ojos verdes al rostro de nácar, del morado al negro, del cajón a la crestería, de los ramos cónicos al azahar... Y todo envuelto en su incienso con aromas de vainilla del que habrá tenido que revelar su receta al llegar al cielo a cambio, por fin, de verle los ojos a la Buena Muerte.
Sonarán los golpes de aldaba y aparecerá el nazareno con sueño que vive el sueño de la Semana Santa, el maestro de priostes sin tiempo para cuidarse porque todos sus mimos están destinados a sus advocaciones, a la plata y a las flores. Esta noche estará donde siempre, donde nunca dejó de estar, donde siempre quería estar de diputado de Monumento o de acólito turiferario. El andar uniforme y cansino, limpios y sonoros los chasquidos para marcar la doble genuflexión ante el Santísimo, los parpados a media altura, el rostro siempre del color de una amanecida. La Virgen entrará a esa hora en que la noche todavía es noche y nos iremos al encuentro del Señor, rebeca gorda contra el frío, los cuatro pelos despeinados y oliendo todos a vainilla y sabe Dios cuántas especias más. Y bien que debe saberlo ya... Quien pueda aguantar el ritmo de Palomino que lo siga hasta el encuentro con la Macarena. Ya habrá tiempo de dormir cuando nos bañe la luz perpetua. Esta noche no se duerme. En realidad hace días que no se duerme, porque Palomino vive en un continuo sueño de tules, bordados, cera alta y plata fina. Un sueño en el que se trabaja mucho, se habla poco y se siente con intensidad. Un sueño de sevillano fino, sin concesiones ni ruidos, auténtico y paciente, muy paciente como buen observador.
Esta noche reabriremos otra vez el último sobre que lleva su letra, el que guarda el incienso que sus amigos han recibido como muestra de afecto. Incienso del Silencio en la naveta del caracol de la Virgen del Valle, una vida fundida en dos devociones, tres golpes de aldaba y una sola respuesta cierta, clara, rotunda y certera cuando el secretario proclame su nombre desde el balcón del atrio y se oiga:“¡Está!”.
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