La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La caseta perdida de la que nadie habla
Comprendo la preocupación de la vicepresidenta Montero por la situación de las hablas andaluzas. En la línea de autobús que suelo usar –el C1– no se oye hablar de otra cosa. Nadie se queja de los precios de la vivienda ni de la cesta de la compra. No, para nada. Todo el mundo –empezando por el chófer y terminando por el simpático vagabundo que dormita en el asiento del fondo– se dedica a hablar de las hablas andaluzas. “¡Hace falta una ley urgente de hablas andaluzas!”, gritó el otro día un señor antes de darle al timbre de la parada. “¡Digo!”, le contestaron al unísono dos señoras que iban detrás de mí y que acababan de rellenar su boleto del euromillón.
Es normal que sea así porque es un clamor popular. En nuestro taller de narrativa los alumnos –y alumnas, que superan a los varones en una proporción de ocho a uno– se empeñan en entregarme sus relatos redactados en andaluz, o más bien en andalûh, tal como prescriben las normas de la docta academia que se autodenomina “Sociedad para el Estudio del Andaluz” (o Zoziedá pal Ehtudio’el Andalú, dicho sea en su hermosa grafía vernácula). Incluso hay alumnos que se empeñan en entregarme en andalûh sus comentarios de lecturas. Y por ejemplo, el famoso inicio tolstoiano de Anna Karenina”queda transcrito en estas armoniosas y sencillas palabras: “Toâ lâ familiâ feliçê çe pareçen; lâ dêddixâh lo çon cá una a çu modo”. No menos admirable es el arranque en andalûh de La metamorfosis de Kafka según estos gramáticos de hondos principios patrióticos: “Una mañana, trâ un çueño intranquilo, Gregorio Çamça çe dêppertó combertío en un môttruoço inçêtto”. Uso, por cierto, el transcriptor que estos beneméritos ciudadanos, agrupados bajo el nombre colectivo de AndaluGeeks, han colgado en la red con la denominación de Andalûh Trâccrîttôh. Ay, qué hermosura, hermanos. Así que espero que la ley de hablas andaluzas, si algún día llega a aprobarse, introduzca la presencia de una policía lingüística en los patios de los colegios –como ya ocurre ahora mismo en nuestra admirada Cataluña– para controlar que los niños se expresen como es debido y apliquen con rigor las hablas andaluzas. O mejor dicho, “pa controlâh que lô niñô çe êppreçen como êh debío y apliquen con rigôh lâ ablâ andaluçâ”. Ya ven qué fácil, amigos. ¡Ea! ¡Digo!
También te puede interesar